domingo, 12 de mayo de 2013

Un vendedor de crecepelo llamado Rajoy


“Esto empieza a funcionar”, afirmaba ufano Mariano Rajoy esta semana durante la sesión del control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. Lo que “empieza a funcionar” es, presuntamente, la economía española. Sorprendente afirmación cuando nos encontramos en lo más hondo de la depresión más profunda que ha padecido la España del último medio siglo. No hace falta mucha macroeconomía, ni consultar los indicadores, ni preguntar al del banco, ni buscar informes económicos en internet, ni siquiera leer la prensa extranjera.


El país está en las últimas. Las empresas cierran, los locales comerciales de las ciudades van quedándose vacíos, pasan los meses y nadie los ocupa, las colas en las oficinas del paro son peregrinaciones a Fátima cada primero de mes, cuando toca sellar las cartillas para seguir recibiendo el subsidio. Esta es la España que “empieza a funcionar”. En fin, sobran los comentarios, la monclovización de Rajoy y los suyos ha ido a mayor velocidad de la que todos pensábamos.

Conforme se acerca al ecuador de su infausto mandato, el Gobierno de Rajoy comete los mismos errores –revisados y ampliados– que  el de Zapatero. Ahora que aún hay tiempo toca vender optimismo como los pícaros del rastro vendían crecepelo a los calvos incautos. Y si cuela, pues cuela. Es la misma película de 2009 pasada de nuevo con diferente reparto. En aquel entonces, salieron con lo de los “brotes verdes” y la “mejora de las perspectivas económicas”. Los economistas-alfombra del Gobierno anterior como José Carlos Díez, un zampabollos que pastaba y sigue pastando en Intermoney, aseguraban que lo peor había pasado y que España saldría de la crisis antes que Alemania. No, después de decir sandeces de este calibre el tal Díez no ha cerrado la boca y se ha empleado en una oscura sucursal bancaria de provincias, sigue ahí vivaqueando, escribiendo libros –es un decir– y haciendo predicciones al modo y maneras de Rappel mientras espera paciente que los suyos vuelvan a la poltrona cuanto antes.

No ha pasado tanto tiempo, solo cuatro años, y no hemos aprendido nada, básicamente porque los que mandan aún no han entendido de qué va esta crisis. Nunca supieron por qué las cosas iban tan bien en 2007, por qué se torcieron al mes siguiente y por qué, cinco años más tarde, están peor que al principio. Primero se pensó que esto era pasajero, luego que se solucionaría pidiendo dinero para gastarlo en cualquier cosa, más tarde que se saldría en algún momento sin determinar. Ahora están en la fase optimista, un optimismo suicida porque, a diferencia de lo que sucedía en 2008, cualquiera medianamente informado sabe quién es el gran culpable de que estemos como estamos. Pero, ay, con el Estado hemos topado. Hasta ahí se ha doblado la caña. El Leviatán ha crecido y no quiere ceder ni un palmo de terreno.

Rajoy, entretanto, puede mirar la bola de cristal y asegurar que sí, que esta vez se sale. De hecho sólo puede hacer eso porque lo otro, la gran reforma que el país está pidiendo a gritos, no está dispuesto a acometerla. Se lo impiden poderosos motivos ideológicos, si, ideológicos, hasta que muchos no asuman que Mariano Rajoy es un socialista pata negra no saldrán de su confusión. Lo acabamos de ver en el Consejo de ministros del viernes. Este Gobierno es de los que creen que todo se arregla por la vía de la ley. Basta con promulgar una y todo resuelto, el mundo obedecerá ciegamente.

Naturalmente no es así. Que la voluntad de Rajoy sea buena con la anunciada ley de cámaras no significa que la ley de marras consiga su objetivo. Quiere que las pymes españolas crezcan y se internacionalicen, correcto, la intención es loable, pero un taco de papel timbrado no lo conseguirá. Si lo que pretende es que las pequeñas empresas nacionales prosperen y se embarquen luego a la aventura exterior no tiene más que bajarles radicalmente los impuestos, desregular a conciencia y que el Gobierno deje de pulirse a discreción el crédito que, de otra manera, iría directo a la economía productiva. El mercado hará el resto. ¿Lo entiende señor Rajoy?, ¿o prefiere que se lo explique con musiquilla?