lunes, 4 de febrero de 2013

El politiqueo


La política, aparte de una pesadez, es sinónimo de tercermundismo. Cuando en un país no se puede hablar de otra cosa que no sea de política o de fútbol es que ese país está condenado. Eso es exactamente lo que le ha ocurrido a España. Hoy los periódicos tienen dos secciones: la de politiqueo y la de Real Madrid-Barça. En ambas los ánimos están alterados, impera la mala leche y todo son soluciones drásticas. Las naciones libres hablan de sus cosas, de cómo ganar dinero en Bolsa, de por qué China se está comiendo el mundo, de la última entrega de Star Wars o de si el iPhone es mejor que el Samsung Galaxy. Asuntos positivos de sociedades confiadas y con fe en el futuro.


La nuestra, en cambio, es una sociedad enferma. El virus que nos ha postrado en la cama y amenaza con liquidarnos ha sido el de la política, que ha ocupado hasta el último rincón de nuestra desvencijada España. Nuestros políticos no sólo son demasiados y están demasiado gordos, sino que tienen demasiado poder. Todo se lo hemos dado nosotros con inexplicable inconsciencia. En los años buenos permitimos e incluso alentamos que esta banda se hiciese con todos los resortes del país. Ser político, un oficio que debió siempre quedar como refugio de idealistas sin ánimo de lucro, se convirtió en vehículo necesario para prosperar en la vida. Un oficio así, con poco trabajo, altos sueldos y muchos privilegios, sólo podía ser ocupado por lo peor de cada casa. Y eso es lo que ha terminado ocurriendo. Ahora nos quejamos, pero están ahí porque los pusimos nosotros y, hasta hace no mucho tiempo, se nos caía la baba cuando un concejal semianalfabeto se dejaba caer por el barrio con su traje de alpaca y su cara de cebollino.

Algunos advertimos que esta politicofilia nos conducía al desastre. Ahora que ya estamos en él nos echamos las manos a la cabeza. “¡Se han corrompido!”, clama el portero con el periódico en la mano. “¡Se lo están llevando crudo y nosotros en la ruina!”, dice desesperado el autónomo camino del banco para liquidar el IVA de las facturas no cobradas. Pero cómo no se van a corromper unos tipos cuyo poder es más absoluto que el de Felipe II, cómo no se lo va a llevar crudo una casta que maneja a mayor gloria suya la mitad de la riqueza del país. Lo extraño es que hubiese pasado lo contrario.

Parece mentira que una nación tan antigua como la nuestra haya caído tan bajo. Que un dramón así suceda en una república africana puede llegar a entenderse porque son nuevos en esto. Pero que nos pase a nosotros, precisamente a nosotros, que hemos coleccionado reyes golfos que nos han arruinado mil veces, hasta el punto de tener que conquistar un continente entero para huir de ellos, no tiene perdón de Dios. Ahora viene el llanto y el crujir de dientes. Los savonarolas aperroflautados piden más política para solucionar los problemas ocasionados por la propia política. Pero no, la solución no está ahí, está en reducir el politiqueo a la condición de mera subsistencia. Y muerto el perro, muerta la rabia.