sábado, 8 de junio de 2013

Superministras, pensiones y el fin del desempleo

La información económica es como el día de la marmota y Rajoy contribuye bastante a ello porque no se digna a tomar una decisión así lo maten. Esta semana hizo una excepción y se decidió por algo: nombró a Soraya superministra de Economía.

Baldado se ha tenido que quedar, así que no esperemos crisis en el gabinete ni nada parecido hasta dentro de seis o siete meses. Entre Montoro y Guindos va a haber algo más que silencio, desprecios y mensajes vía terceros. Podría decir que eso es bueno, pero me temo que, conociendo el paño, de bueno nada y de malo mucho. Soraya ni sabe de economía ni le interesa lo más mínimo. Ella es, necesariamente por este orden, abogada del Estado y político. Eso ha sido su vida. Muy lejos de la España real que se levanta al punto de la mañana y se pone trabajar como un mulo para que a Hacienda no le falte de nada. De Montoro no digo nada porque creo que ya lo he dicho todo. Todo lo malo, bueno el hombre tiene poco. Respecto a Guindos todavía me estoy preguntando qué demonios hace un tipo válido y razonable como él en un camarote como el rajoyano. En fin, habrá que esperar a que publique sus memorias –si es que lo hace algún día– para salir de dudas.

Con Soraya de superministra de economía nos espera más montorismo, política económica idéntica al socialismo cavernario pero cuyo secreto reside en presentarse por sorpresa, sin avisar, para que el palo duela más. El lenguaje montorista se descifra de un modo sencillo. Tan solo es necesario cambiar el sí por no, y el no por sí. Ejercicio práctico. Cuando Montoro dice que va a bajar impuestos es que los va a subir. Podría ser que Montoro dijese, en un momento de enajenación mental transitoria, que va a subir los impuestos. Eso implicaría que los va bajar, por eso el interfecto se cuida muy mucho de decir cosas imposibles en su universo. Resumiendo que Montoro y, por afinidad montorista, Soraya jamás dirán que van a subir los impuestos.

Lo primero que ha recibido la superministra son dos bofetones bruselenses. Uno de la comisión y el otro del BCE. El de la comisión era previsible. No se fían de Hacienda, así que quieren que otra “autoridad” supervise la maldita consolidación fiscal. Porque esto del 10% de déficit sine die no va a durar siempre, aunque Mariano crea que sí. Este año les ha cogido con el pie cambiado y el Gobierno se la ha vuelto a hacer, pero de 2014 no pasa. No es de recibo que hasta Grecia cumpla lo pactado y entregue un déficit del 6% mientras que aquí los “defensores de lo público” –no, no me refiero a Ada Colau, sino a los rajoyes– van a lo suyo y perseveran por segundo año consecutivo en seguir gastando mucho, muchísimo más de lo que ingresan.

Me contaba el jueves el maestro John Müller que el Gobierno se le antojaba como aquellos primeros parados de 2008 que juraban y perjuraban que nunca saldrían de casa por menos de 2.000 euros al mes. Bien, hoy lo hacen por mil… o menos. Esos parados tuvieron que ajustarse y el Gobierno tendrá que hacerlo en algún momento porque eso de no salir de casa por menos de medio billón de euros, que es lo que aproximadamente gasta en Estado anualmente, es un caprichito inexplicable que está prolongando artificialmente la crisis. Esta parábola mulleriana es perfecta para explicar nuestro abismo fiscal, así que, de aquí en adelante la utilizaré con permiso de su autor.

Claro, que podría ser que, de pronto, se empezase a crear empleo a lo bestia así, por arte de birlibirloque. Las cifras del paro en mayo vienen a crear esa impresión. “Ale, ya se ha acabado la crisis”, esa era la impresión el martes cuando se hicieron públicas, a 100.000 parados menos cada mes, dentro de un año 1,2 millones habrán salido de las listas del SEPE. Eso no va a suceder como es obvio, pero el cortoplacismo de esta gente roza lo enfermizo. No ya es que vivan pensando en el mes próximo, es que lo hacen pensando en mañana. Así nos luce el pelo.

Se cree o no se cree empleo lo que ya no se tiene en pie es el sistema de pensiones, piramidal y fraudulento como todos los de reparto. Hay que reformarlo, dicen un día sí y el otro también, hay que asegurar las pensiones de nuestros mayores, claman con voz engolada los del sable desde sus escaños. Bien, por mucho informe –que no reforma– que hagan los expertos lo que es, es, que decía el castizo. O convierten el momio en un sistema de capitalización, un fondo de pensiones digno de tal nombre, o aquí no va a cobrar la pensión más que el que se haya encargado de ahorrar por su cuenta.