jueves, 20 de junio de 2013

Don Gonzalo

Hoy me tocaba escribir de otra cosa, pero el señor director me ha encargado que desfaga el entuerto que fice el domingo pasado en estas mismas páginas. Cometí la ligereza de meterme con Rajoy abofeteando de refilón a Gonzalo Fernández de la Mora que, como no está, no puede defenderse. Y eso está feo. Probablemente usted, joven lector, sepa quién es Rajoy. De hecho lo sabe. Lo padece a diario. Entrega la mitad de su sueldo para que Montoro, su ministro plenitributario, mantenga “lo público” a salvo de los embates de la crisis. Pero no se me ilusione. El día que nos olvidemos de Rajoy será porque nos está desplumando otro… u otra, la Talegona tal vez.


Lo que no tengo yo tan claro es que sepa quien fue Fernández de la Mora. Aunque, seguramente, no sea esa su primera pregunta, sino la segunda. La primera será inquirir a este escribano qué problemas ha tenido con el susodicho. Problema ninguno porque lleva once primaveras criando malvas. Antes de eso vivió 77 intensos años durante los cuales se desempeñó como diplomático, ministro y, sobre todo, intelectual. Fernández de la Mora fue uno de los muchos sabios que dio España durante la segunda mitad del siglo XX. En opinión de quienes le conocieron era una enciclopedia andante. Sabía de todo lo que hay que saber en las cosas del pensar y, a modo de remate, era perspicaz en sus análisis.

Hoy nuestro país ya no da gente así de sólida. Hace unos años leí “La envidia igualitaria” por recomendación del profesor Bastos, otro sabio, aunque este de la variedad galaico-compostelana. El libro me gustó mucho por dos razones: la primera y fundamental porque era muy bueno, la segunda porque puso de una mala leche considerable a toda la progretada carvernaria. Hoy nadie se atrevería a escribir un libro como este, nadie osaría publicarlo y solo Bastos, que es un bravo, se dignaría a recomendarlo.

Solo este libro bastaría para reivindicar la figura de Fernández de la Mora, pero el hombre hizo mucho más. Escribió cerca de una veintena de ensayos y una historia del pensamiento español contemporáneo. Luego le nombraron ministro y ahí estuvo hasta que la palmó el caudillo. Hoy ya no salen ministros así. A lo más que podemos aspirar es a analfabetos funcionales pegados con Loctite a la mosquitera del partido desde que, a los 16 recién cumplidos, pidieron el carné en la sede con tembleque de manos y sonrisa de tontolhaba. En la Transición fundó un partido, Unión Nacional Española se llamaba. Ahí es donde los caminos de Rajoy y De la Mora se cruzaron brevemente. Uno estaba de entrada, el otro de salida. El partido aquel se disolvió en Alianza Popular y España fue, poco a poco, olvidando a Don Gonzalo.  

Una pena. Gente así merece ser recordada, leída y hasta homenajeada aunque en muchas cosas no se esté de acuerdo con ellos. Pero esto es España, señores, tierra indómita, maltratada por la envidia, que hace a los hombres y los gasta. Vayan estas líneas por él, aunque lleguen con once años y una semana de retraso.