martes, 18 de junio de 2013

No más AVE, por favor

Pocos derroches ha habido en España tan absolutos como el del AVE. Mientras los políticos presumen de que tenemos –como si fuera de nuestra propiedad– una de las redes de alta velocidad más grandes del mundo, mientras los medios retozan sacando fotos de los convoyes yendo y viniendo a través de páramos moteados de aerogeneradores, mientras la deuda escala más y más alto, olvidamos lo esencial: que todo este espectáculo cuesta dinero y que mantenerlo funcionando nos seguirá sacando dinero del bolsillo durante varias generaciones.

Por fortuna ahora, después de cinco años de crisis e incontables sufrimientos, la gente va a poco a poco tomando conciencia del drama. Lejos quedan los tiempos en que Zetapé se inclinaba ante el morro del tren para tocarlo con la mano sonriendo de oreja a oreja. La realidad es tozuda. Los AVE van medio vacíos. No había tanta demanda como nos vendieron hace quince años y, como era previsible, el precio del billete ha ido a la par con el monstruoso tamaño de la inversión. Viajar en AVE es un lujo al alcance solo de ejecutivos, politicastros y famosos que van a las tertulias de Telecinco. El resto vamos en coche, en autobús o, simplemente, nos quedamos en casa porque el capítulo de gasto destinado a los viajes se lo dedicamos ahora en su integridad al tío Montoro.

¿Quién ha ganado entonces con esta locura? El politiquerío repite hasta el hartazgo que ha sido el “país” –así, en plan genérico– que, supuestamente, ganará en cohesión territorial y vaguedades semejantes a las que son muy dados los escritores de discursos. El país no gana ni ganará nada con esto. Todo lo contrario, ha perdido, pierde y perderá. Los triunfadores son, por este orden, los políticos y sus socios de las constructoras. Punto. La cohesión territorial se la trae bastante floja tanto a unos como a otros. Gastarse más de 50.000 millones de euros en volver a unir por ferrocarril las capitales de provincia era algo innecesario para el pagador de impuestos de a pie, pero, a cambio, un dispendio muy rentable para esos transformadores profesionales de la realidad que atienden al nombre de políticos.

Han transformado, por ejemplo, su realidad de viajar por España. Seguimos pagando los demás, pero ahora lo hacen de un modo más cómodo y rápido. También han transformado la realidad de los balances de ciertas constructoras, engolfadas en la seguridad del contratito público. Un gran negocio para unos pocos, una ruina total para la mayoría. Nuestro país no necesitaba ninguna de las líneas de alta velocidad ferroviaria que se han construido. Modernizar el ferrocarril es algo loable, pero bien podría haberse hecho a costa de quienes deciden modernizarlo y no de todo el mundo. Los trenes Talgo de toda la vida iban muy bien, estaban amortizados, eran veloces y confortables. Con una cuantas mejoras en la red hoy viajar en tren sería mucho más barato y el Estado no debería tanto dinero. Pero claro, ellos, los Soprano, se habrían quedado sin foto y sin trinque. Una pena.