lunes, 24 de junio de 2013

La reformilla de Don Mariano


Para Cristóbal Montoro culpar de la crisis al tamaño del Estado es un “error conceptual”, es decir, un error de concepto. Los que creemos eso –afortunadamente cada vez más–, estamos equivocados porque, como todo el mundo sabe dentro de los ministerios, el Estado es tan pequeño que aún podría duplicar su tamaño sin que la economía lo notase. No hay más que contratar a otros tres millones de funcionarios, aprobar un ambicioso plan de infraestructuras, dotar convenientemente a la política social y montar tres centenares de empresas públicas más para que todo se arregle como por ensalmo. La renovada actividad “estimularía” la demanda y así las empresas privadas se pondrían a crear empleo como locas. En cosa de meses los problemas se alejarían como vinieron: de golpe y sin causar daños colaterales.

Bien, resumiendo mucho, este es el mantra que circula entre los estatólatras de izquierdas y derechas desde hace varios años. A falta de poder imprimir dinero como en los buenos tiempos, todos los problemas habidos y por haber se solucionan con deuda. Todo ese dinero prestado se podrá devolver mañana con sus correspondientes intereses gracias a las recrecidas recaudaciones fiscales de una nueva burbuja. Aunque parezca mentira, los José Carlos Díez del mundo, que son muchos y siempre están cerquita del poder, van colocando esta mercancía averiada y se la compran.

Lo hacen porque el poder siempre quiere que le doren la píldora. Hace siglos, cuando los Habsburgo españoles se empeñaron en dejar el país hecho un erial, las voces de los que clamaban por no meterse en guerras y dejar así de envilecer el real de a ocho, nunca fueron escuchadas. Los que querían marcha, sin embargo, prosperaron en la Corte y se lo llevaron todo lo crudo que pudieron. Si alguna vez viaja de Madrid a Burgos a la altura de Lerma mire a su derecha. Verá un portentoso palacio herreriano, un Escorial en miniatura digno de un monarca que mandó construir Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido de Felipe III. Mírelo bien, ese palacio fue todo un “estímulo” a la demanda agregada de la economía castellana de principios del siglo XVII, una economía moribunda y machacada por la tiranía y el derroche.

Sandoval era, amén de un granuja y un ladrón de marca mayor, un gran despilfarrador del dinero de los demás. Mientras el reino se desangraba en guerras lejanas, su aristocracia se engolfaba en la corrupción, el privilegio y la pereza. Hoy en España hay muchos Sandovales y muchos más que pululan alrededor de los Sandovales. “Lo público”, es decir, “lo estatal” lo asfixia todo por mucho que Soraya nos venga ahora con aquello de que la elefantiasis del Estado no es tal. Pues sí, es tal. Los Estados elefantiásicos son los que se pulen discrecionalmente la mitad de la riqueza que genera el país, los Estados elefantiásicos son los que tienen en nómina a más gente de la que trabaja en régimen de autónomo, los Estados elefantiásicos, en suma, son los que gastan más cuando se recauda menos.

Para cambiar este aberrante orden de cosas en el que se penaliza el esfuerzo individual y se premia el trinque colectivo hace falta algo más que una reforma y mucho, muchísimo más que la reformilla que acaba de anunciar el Gobierno. Dicen que, en el mejor de los casos, el Estado se ahorrará 37.000 millones de euros. Vale, muy bonito, pero el desfase entre gastos e ingresos es aproximadamente el doble. Si usted gasta al año 10.000 euros más de los que gana, de poco le servirá reducir ese gasto a la mitad. Seguirá incurriendo en un insoportable déficit que le llevará a la ruina y a la insolvencia más pronto que tarde. Pero, no olvide esto, el Gobierno puede hacer algo que a los particulares y empresas les está vedado. ¿Por qué? Porque el Gobierno fabrica el dinero y si, como es el caso del nuestro, no puede hacerlo, lo pide prestado en cantidades indecentes poniéndole a usted, a sus hijos y a sus nietos como garantía de pago.

Luego está la estimación misma del Gobierno. ¿Alguien en su sano juicio, alguien que conozca el paño –y a los tratantes de paños–, puede creerse esta cifra? Evidentemente no. Primero porque el Gobierno de Rajoy miente más que habla desde que llegó al poder. Su lema es hacer justo lo contrario de lo que dicen. Así que no sería descabellado encontrarse con un gasto extraordinario de 37.000 millones dentro de un año. Y segundo porque pretender realizar semejante ajuste con buenas palabras, sugerencias y recomendaciones es simplemente una quimera.

No es creíble que máquinas de quemar dinero como la Generalidad de Cataluña o la Junta de Andalucía vayan a apretarse el cinturón por las buenas. El modelo de financiación es el que es y nadie quiere cambiarlo. Las autonomías gastan lo que el Estado recauda. ¿Realmente los sátrapas autonómicos tienen algún incentivo para moderar el gasto. No, nada de eso. En España impera la ley de “tonto el último”, la percepción es que lo que uno deja de gastar lo va a gastar el vecino, así que hay que inflar los presupuestos todo lo que se pueda. Hay un incentivo sí, pero para gastar a lo loco y luego, si eso, pedir perdón y mostrar propósito de enmienda.

La reformilla marianil no va cambiar esto ni pretende hacerlo. Es puro bla, bla, bla estéril y autocomplaciente idéntico al del Zapatero. Siguen empeñados en ganar tiempo a cualquier coste, incluido el coste de los siete millones de desempleados que se avecinan. Todo con tal de no tocar lo suyo, lo de los Sandovales y de quienes mejor le sirven.