jueves, 31 de enero de 2013

La basura, mejor en Arco


Los madrileños siempre nos hemos sentido muy orgullosos de nuestro aeropuerto. Es, junto al Atleti y la fuente de Neptuno, una de las señas imperecederas de la ciudad. Nos gusta tanto que aprovechamos cualquier nimiedad para hablar de él, generalmente mal. Si nieva porque nieva, si hay niebla porque hay niebla, si hay retrasos porque hay retrasos y si hay huelga porque hay huelga. No hay más que buscar la palabra Barajas en Google y comprobar la de noticias que salen a cuenta suya. Barajas es como lo de los palestinos, siempre merece una buena historia.


La última que se ha empeñado en contarnos es una megahuelga de basuras que va ya por su sexto día y que, si sigue otros seis días más, conseguirá que terminemos confundiendo Barajas con Valdemingómez. Hay, con todo, una pequeña diferencia, en Valdemingómez la basura la queman en un incinerador o la echan en un hoyo para luego sacar de ella gas natural, que aquí somos muy apañados y le sacamos beneficio a todo. En Barajas nada de eso. La basura se muestra en todo su esplendor para edificación de viajeros.

Los sindicatos que la han convocado querían hacerla coincidir con la celebración de Fitur en el vecino Campo de las Naciones para así aumentar el daño. Doy fe que lo han conseguido. Todo el que llega a Madrid por vía aérea se encuentra de bruces nada más salir del avión con un inesperado festival para los sentidos, festival que se prolonga durante los tres cuartos de hora que uno tarda en recoger la maleta y salir cagando leches del recinto. Luego, ya en el Metro, repuesto del asalto huelguil sobre la pituitaria, el visitante se encamina raudo a la feria para comprobar que no todo en la Villa y Corte huele igual de mal.

De haber sido yo el convocante habría aplazado la huelga hasta la celebración de Arco, que está a la vuelta de la esquina y este año viene flojo porque, como todo el mundo sabe, las primeras víctimas de la crisis son las estupideces superfluas, género que, por lo demás, abunda en esa feria. De haberse convocado para hacerla coincidir con Arco el visitante lo hubiese agradecido mucho más. La estampa postapocalíptica del aeropuerto podría venderse como una gran instalación artística sobre la insostenibilidad de la sociedad consumista que promueven los malvados neoliberales. En lugar de salir corriendo, los galeristas de medio mundo se pararían a hacer fotos y las subirían extasiados a Twitter.

Una fórmula perfecta en la que todos hubiesen ganado. Los sindicatos por la huelga, el aeropuerto por transformarse gratuitamente en una sublime antesala de Arco, y los viajeros por el detalle decadente y provocativo de llenar un aeropuerto de basura solo para denunciar la decadencia de un sistema que chapotea en el detritus existencial. ¿Ven como se puede contentar a todo el mundo? Todo es cuestión de pensarlo antes y ponerse a ello. Para el año próximo que tomen nota. La idea se la regalo. Por amor al arte, naturalmente.