martes, 29 de enero de 2013

De la Blackberry al Corán

Hace dos años todos los periodistas de España andaban como el duque de Palma –ya sabe, el duque em…Palma…do– con la cosa de las revueltas en los países árabes. La primavera árabe la llamaban los muy ilusos. Los comunistas, muy dados a creerse sus propias patrañas, llegaron incluso a hablar de revoluciones en toda regla, con sus lenines, sus kerenskis y sus zares Nicolás acollonados ante el inapelable veredicto de la Historia. “¡Se citan con sus Blackberry a través del Twitter y luego se manifiestan pacíficamente contra la dictadura!” clamaban los vendedores de cancamusa, “son como nosotros, ven Sexo en Nueva York y tienen todos perfil en Facebook y página web propia”, repetían dando cabezazos como los monjes budistas en cuanto les ponían una cámara delante.

Bien, han pasado dos años, y de Blackberry nada de nada, de Facebook menos y Sexo en Nueva York ni lo han olido... ni lo olerán, eso que llevan ganado. No niego que hubiese unos cuantos, pocos, una minoría estadísticamente despreciable, que se creyesen aquello de la democracia liberal y saliesen a la calle con la Blackberry en la mano para pedir al Gobierno que diese de una vez la licencia de apertura al Starbucks de la plaza Tahrir. El resto no eran tan sofisticados. La mayor parte no quería democracia, sino, simplemente, un empleo, y los que controlaban todo el cotarro a lo que aspiraban era a quitar al dictador en ejercicio para poner en su lugar a un caudillo islámico. Así de sencillo. El mundo es mucho más aburrido y previsible de lo que a nuestros animosos modernillos les gustaría.

El malestar en los países árabes no se debía tanto a la falta de libertad como a las nulas expectativas de su numerosísima población joven. Eso en Occidente nos cuesta entenderlo porque aquí los jóvenes, que son pocos y, por lo general malcriados, no tienen más expectativas vitales que estar de cachondeo mientras viven cómodamente en casa de sus padres. Los que prometían el oro y el moro (dicho sea sin segundas) eran los partidos islamistas. Por el oro hay que entender trabajo y por el moro la recuperación de la dignidad perdida. Así que fueron los del Corán quienes sacaron mayor tajada de todo aquel sangriento revoltijo.

Porque, no nos equivoquemos, lo de la plaza Tahrir no se parecía en nada al mayo francés. En el segundo hubo adoquinazos de un lado y porrazos de la policía del otro, en la primera tiros de verdad con balas de verdad y muertos de verdad. Ahora sobreviene la sorpresa. “Ah, ¿pero Egipto todavía no es una democracia como Canadá?”, preguntan consternados los analistas de la Blackberry. No, no lo es ni lo será en mucho tiempo, si es que llega a serlo algún día. El secreto de la libertad y su prima hermana la prosperidad no está en los smartphones ni en las algaradas callejeras, sino en la seguridad jurídica, los mercados abiertos y el respeto al discrepante. Ninguna de las tres cosas abundan en el mundo árabe así que revolución sí, pero islámica, y esa ya no nos gusta tanto.