viernes, 19 de abril de 2013

Bonozuela

Andan los ánimos soliviantados en Venezuela, república hermana que, hasta hace no mucho, era lo más parecido a El Dorado para los españoles de este lado del Atlántico. A los de la otra orilla Dios les regaló el paraíso: un clima privilegiado, un suelo próvido y un subsuelo cargadito de oro, plata y todas esas gollerías que hacen la vida más fácil. Nosotros nos tuvimos que conformar con los nueve meses de invierno y los tres de infierno, los riscos de las serranías, las dehesas bravas y el carbón asturiano que, además de malo, cuesta mucho arrancárselo a la madre tierra.

Es por eso que nos cuesta tanto entender por qué les va tan mal y son siempre pasto de telediario. Las noticias de Venezuela, por ejemplo, van de lo malo a lo muy malo y, de ahí, a lo peor. Era de esperar. Hugo Chávez ha dejado el país hecho un solar y no cabía otro desenlace. Los venezolanos, que hasta la fecha nunca se habían odiado tanto entre ellos, se dividen en dos facciones irreconciliables. Una es la de los que mandan, la otra la de los que aspiran a mandar. Las elecciones del domingo pasado no han hecho más que ahondar las diferencias y andan los unos y los otros ventilando las rencillas en la calle.

El meollo de todo el asunto es un más que probable pucherazo del Gobierno. Digo más que probable porque nunca se sabrá la verdad. Para evitar la tentación de un segundo recuento el Gobierno ha ordenado destruir todas las papeletas. Dicen que todo ha sido limpio y que no hay nada que recontar, que hasta un español que pasaba por allí, un tal José Bono, garantiza la legitimidad de las urnas. ¿José Bono? Ese aquí no es un tal, aquí es toda una celebridad, especialmente en Castilla-La Mancha, donde tenía la fea costumbre de ir regalando relojes a los jubilados de los pueblos para que, mirándose la muñeca, supiesen bien a quien votar.

Es de lo más normal que Bono se haya prendado de la Venezuela bolivariana. Es un régimen hecho a su imagen y semejanza. A su manera Bono forjó en su feudo castellano-manchego una Venezuela en miniatura. Todo eran golpes en el pecho, buenas palabras y sentimentalismo de baratillo. Lo que nunca hizo fue envolverse en la bandera de la autonomía, básicamente porque se la acababan de inventar y no tenía mucho arraigo. Luego, ya de ministro de defensa, se cuadraba como un cabo de la Legión delante de la bandera poniendo cara de boniato, una pose que le va como anillo al dedo. En la cabecita de Bono nunca ha habitado más idea que la de mantener el poder a cualquier coste. Más o menos como Maduro y su gente, que entran en éxtasis mirando la bandera de la patria.

De proclamarse una república similar aquí podríamos llamarla República Bonivariana de España, perdón, del Estado Español, que eso de decir España así a las bravas lo carga el diablo. A modo de reconocimiento Venezuela habría de cambiar su nombre por Bonozuela, quid pro quo. La República Bolivariana de Bonozuela y la Bonivariana del Estado Español serían espejo en el que todas las revoluciones tendrían que mirarse.