lunes, 29 de octubre de 2012

Adiós, Blackberry, adiós

Después de cinco años haciendo de revolucionario nachojcolarino de la plaza Tahrir con la Blackberry en la mano, he jubilado el último de los terminales y me dispongo a meterlo en un cajón en espera de que, algún día, cuando sea viejo, me de por catalogar todos los móviles que he tenido y los done a un museo. Antes de hacer eso (de meter la Blacky en el cajón) he sacado a todas sus predecesoras y he hecho una foto de familia. Sentimental que es uno. La foto es esta:


A lo largo de estos años he tenido cuatro Blackberry. Empecé con una de las primeras Curve a finales de 2007. En aquel entonces yo era un usuario entusiasta de Palm, que estaba ya de capa caída, aunque yo me negaba a verlo porque soy muy cabezón. La primera Blackberry que tuve, una Curve 8300 de color dorado hortera a más no poder, entró en mi vida a pesar mío. La empresa en la que trabajaba, en aquella época Libertad Digital, me puso un teléfono y un técnico me hizo entrega de ese engendro con teclado al que, sin embargo, pronto cogí cariño y comencé a usar para todo a todas horas.

Como "palmero" que era, las Blackberry me parecían horrendas, una imitación mala de nuestros venerados Treo, unos cacharros rechonchos con un pantallón táctil y un lapicerito fino como el bigote de una gamba a juego con el color de la carrocería. Eso era, claro, lo que me parecía a mi. Luego, ya metido en harina, la Blackberry mostraba todos sus encantos. Tenía correo electrónico que funcionaba de verdad y hasta WiFi, gracias al cual podían verse algunas páginas sencillitas. El iPhone acababa de lanzarse y aún no había llegado a España, Android ni siquiera había nacido así que, dentro de lo disponible, aquella Curve era lo más de lo más en comunicadores portátiles.

De la Curve 8300 pasé dos años después a su sucesora, la 8520, que ha terminado siendo un teléfono muy común entre los logsianos adictos al Tuenti. Para entonces, ya entornando el año 2010, las Blackberry empezaban a estar más pasadas que los disquetes de tres y medio, pero yo ya me había enrocado en la marca y no quería ni oír hablar de ninguna otra. Le sería fiel hasta el final, como antes con Palm, como mucho antes con Siemens. Y he cumplido porque Blackberry, no nos engañemos, está bastante acabada.

La 8520 fue uno de los teléfonos al que más tute he dado desde el primer móvil que tuve, un Motorola modelo ladrillo allá por 1996. Se me cayó cientos de veces, una de ellas del bolsillo cuando iba en moto por Madrid. Me percaté de la jugada, me cagué en todo, paré, fui a por ella andando, recogí la batería, la tapa y el teléfono, ensamblé con cuidado el aparato... y ¡funcionaba!. También se me cayó por las escaleras mecánicas del Corte Inglés y de lo alto de un tractor estando en Alemania, aunque ahí la caída fue sobre la mullida hierba tapizada de rocío matinal. Por lo demás sigue funcionando, aunque ya con las capacidades ligeramente mermadas por el uso.

El problema de la 8520 era que no tenía 3G, así que no valía de mucho para subir fotos al Twitter o mirar alguna página en Internet más allá de las áreas WiFi. Decía Ortega que los hombres, por muy promiscuos que seamos, nos enamoramos siempre de la misma mujer. Algo parecido creo que pasa con los teléfonos. Busqué un sustituto a la indestructible Curve 8520 (tan indestructible que le puse un escudito del Atleti junto al logotipo de Blackberry para que hiciese de detente bala para tanta caída) y la que más se parecía era la Bold, así que me hice con una.

La Bold, la 9780 para ser exactos, era una copia de la anterior pero mejorada. Tenía una pantalla cojonuda (para los estándares Blackberry, se entiende), conectividad 3G y la última versión del sistema operativo, el Blackberry OS 6, que era la caña de España comparándolo con los anteriores. Con la 9780 me gradué en perroflautismo. Fue con ella en la mano con la que cubrí la spanish revolution en su integridad. El perroflautaje patrio nunca estará del todo agradecido a este pequeño gran teléfono.

Pero lo mejor de la Bold no era el 3G ni el sistema operativo, sino el teclado. Nunca he escrito con tanta rapidez y comodidad. En esas teclitas que se ven en la foto de abajo he escrito miles de veces las palabras que son marca de la casa y que tanta gracia le hacen al personal, resumiendo: loh mercadoss, el farcihmo, la comissión de feminihmoss y, sobre todo y ante todo, la palabra Nachojcolar, que me encanta no ya escribirla sino pronunciarla marcando la jota como Gollum.


Con esta Blackberry hubiera seguido hasta el día presente sino fuese porque hace cuatro meses me regalaron la crème de la crème del mundillo blackberrytano: la Torch. Era de segunda mano, pero como a caballo regalado no hay que mirarle el diente sustituí la 9780 por el único modelo de Blackberry que es de tipo slider, es decir, que el teclado, el bendito teclado, se oculta debajo de la pantalla. Con la Torch, la verdad, he intimado poco. Era, básicamente, una Bold más pesada y gorda con un teclado peor. Tenía, a cambio, una pantalla táctil que no servía para mucho más allá de tocar los huevos a la peña diciendo "mira, lo ves, es como un iPhone".

Al final, a modo de demostración de que nada es eterno, he dejado mi adorada Blackberry, con la que he llegado a ser francamente pesado y me he pasado al iPhone de Apple. Y aquí viene el aviso: todas, absolutamente todas, las marcas de teléfonos móviles que han pasado por mis manos han terminado compradas por terceros, desapareciendo o hundiéndose en la miseria como es el caso de RIM. Apple verá, pero soy gafe en esto de los móviles así que bien podemos llegar a un acuerdo. Para deshacerme del iPhone que acabo de estrenar acepto efectivo y cheques, tarjeta no que no tengo bacaladera. Yo que ellos me lo pensaba.

PD.- Lo del escudito del glorioso es verídico, aquí está la prueba. ¡Aúpa Atleti!