domingo, 10 de abril de 2016

Prensa y garrote

Cuentan que, durante la guerra civil, Franco se sentaba a la hora del café a firmar las sentencias de muerte. Unas se limitaba a visarlas sin más, para otras, en cambio, reservaba una atención especial: indicaba al juez como debía procederse en la ejecución y si a ésta había que darle aire en la prensa, en la del Movimiento y en la otra. “Garrote y prensa” consignaba junto a su firma porque no se terminaba de fiar de que la cadena administrativa por la que descendía la orden reprodujese fielmente los deseos del jefe.

Un garrote y prensa incruento, puesto al día, es, por ejemplo, lo que suministran de un tiempo a esta parte a ciertos políticos. La policía se presenta en el domicilio del señalado acompañada de un nutrido grupo de periodistas gráficos que hacen el reportaje completo para que el vídeo y las fotos lleguen hasta el último rincón de Internet en el menor tiempo posible. El garrote y la prensa son todo uno con la ventaja añadida de que no hay que prever ataúd alguno en la salita contigua porque al ajusticiado se le mata sin matarle.

Garrote y prensa es también la fatwa que ha caído sobre algunos empresarios, esta vez con los de la Agencia Tributaria ejerciendo de verdugos. Revuelo, frenazos de coches en la entrada, profusión de chalecos, ajetreo, aspavientos y papeles. “Caballero, le debe usted tanto a la Hacienda Pública, de modo que procederemos a incautar el valor equivalente en esta oficina, levántese por favor que esa silla también nos la llevamos”.

Garrote y prensa o, mejor, prensa y el garrote que no tardará mucho en hacer acto de presencia es lo que, en definitiva, significa el escándalo de los papeles de Panamá para todos y cada uno de los afortunados cuyo nombre ha salido en ellos. La masacre, realizada ciegamente, sin contemplaciones y, al menos hasta la fecha, sin acusar de delito alguno, la están perpetrando ahora mismo, delante de nuestras narices sin que apenas nadie señale lo disparatado de la historia.

Recapacitemos. Un despacho de abogados sufre un robo de datos –hasta ahora el único delito que yo veo aquí y que nadie denuncia– que posteriormente se filtra a la prensa y se publica en diarios de todo el planeta. Los datos, tan confidenciales como los que usted le confía a su abogado, son más propios de un registro mercantil que de una exclusiva periodística. Una ensalada de nombres propios, sociedades y lugares geográficos que, de no ser los nombres propios tan propios, no interesarían a nadie. A fin de cuentas, ser propietario de una sociedad en la isla de Samoa no es ilegal, tampoco ilegítimo y, mucho menos, inmoral. Ahora bien, no es ningún secreto que las empresas radicadas en Samoa, en las Vírgenes o en Jersey sirven para lo que sirven que no es, como muchos piensan, para traficar con drogas, sino para pagar menos impuestos que en sus países de origen.
Si tuviésemos a los impuestos por algo bueno no los llamaríamos impuestos, los llamaríamos voluntarios
¿Y pagar menos impuestos es malo? No exactamente. Siempre y cuando se haga conforme a la legalidad es algo incluso recomendable, porque nadie vela mejor por nuestros intereses que nosotros mismos. ¿O acaso no se cuentan por miles los andaluces, asturianos o extremeños que se empadronan en Madrid para no tener que liquidar el pago de Sucesiones, impuesto irracional donde los haya? ¿O acaso el que más y el que menos no aprovecha hasta el último resquicio que permite la ley para obtener deducciones en la declaración? Voy más lejos, ¿alguien paga más de lo que le corresponde por puro gusto? Plantéeselo de este modo, si tuviésemos a los impuestos por algo bueno no los llamaríamos impuestos, los llamaríamos voluntarios.

Hasta donde yo se nadie paga el voluntario sobre la renta, ni se pelea con el tendero para que le ponga un recargo del 40% en concepto de voluntario sobre el valor añadido. Sincerémonos, pagamos lo mínimo que podemos permitirnos, bordeamos por sistema la siempre delgadísima línea que nos separa de la visita del inspector de Hacienda. Y si lo hacemos es por eso mismo, para que no nos visite. Lo peor es que en este infierno hemos entrado por nuestro propio pie, dando por buena la propaganda del Gobierno y convenciéndonos de que eso de trabajar medio año para el Estado es lo mejor que nos ha pasado en la vida. Al final resulta que, si de niños nuestras madres nos metían miedo con el hombre del saco, hoy el Gobierno nos lo mete con el hombre de Hacienda. Y este último sí que existe.

La diferencia entre nosotros y el casting de Panamá es que ellos, precisamente porque son ricos, disponen de un abanico mayor de posibilidades para pagar menos sin incumplir la ley. En muchos países más felices que el nuestro los impuestos son menos, más bajos o directamente inexistentes. No es fraude, es la legislación vigente. No pagar el IVA en Gibraltar es lo suyo porque allí no existe ese impuesto. Curioso que llamen pirata al Gobierno de la colonia cuando pirata, lo que se dice pirata es el nuestro que encarece los productos y servicios que consumimos un 21%. Algo similar sucede con el impuesto de Sociedades en lugares como Estonia (modelo nórdico, recuerde). Las empresas no tienen que pagarlo porque un buen gobernante lo hizo desaparecer hace tiempo. Resultado: una economía dinámica y muy productiva con un desempleo minúsculo. Los empresarios griegos, por el contrario, tienen que tributar hasta el 66% de sus ganancias con las consecuencias por todos conocidas: crisis, desempleo y parálisis permanente.
En vez de clamar en calles y plazas para que la fiscalidad española imite a la gibraltareña, nos enfadamos con los que han localizado sus ahorros en puerto seguro
Nuestro problema, sin embargo, es que sentimos como una afrenta que alguien pague menos porque entendemos que nosotros habremos de pagar más. En lugar de pedir que todos paguemos poco, en vez de clamar en calles y plazas para que la fiscalidad española imite a la gibraltareña, nos enfadamos con los que han localizado sus ahorros en puerto seguro. El enfado es tal que ya estamos dándoles cumplido garrote sin pedir siquiera pruebas de su culpabilidad. A mi lo que me cabrea no es eso. Todo lo contrario, no soy envidioso y me alegro por ellos del mismo modo que me complace ver la cara de felicidad de quien ha conseguido comprarse un Mercedes. Lo que me cabrea es que al español menesteroso, el que no puede montar una sociedad en Caimán para proteger su magro patrimonio, le tengan preso en su propio país.

La familia Meliá, los Domecq o la infanta Pilar de Borbón no nos han hecho daño alguno. Los Meliá, en concreto, nos han hecho mucho bien levantando desde cero una cadena hotelera multinacional reconocida en los cinco continentes que emplea a miles de españoles. Quien nos hace daño día tras día, semana tras semana, mes tras mes es la voracidad infinita del Estado, un ente amorfo e hipertrofiado que crece como un tumor. Y crece porque no hacemos más que alimentarlo. Mediante impuestos, claro.