miércoles, 17 de febrero de 2016

Escraches de ida y vuelta

De "jarabe democrático de los de abajo" a "delito de incitación al odio", o lo que va de no mandar y querer hacerlo a mandar y no querer irse. Esto de los escraches, que tuvo su momento álgido en 2013 cuando los podemitas en jefe empezaron a salir por la tele, ya casi se nos había olvidado. Pero haberlos los hubo, y buena cola que trajeron en su momento. Creo que no quedó ni uno solo de los capos del PP que no fuese convenientemente escrachado. En Madrid lo sufrió en carne propia hasta la vicepresidenta. En principio me hubiese alegrado porque a Soraya no puedo verla ni en pintura, pero no lo hice, es más, recuerdo haber criticado este escrache por televisión y, desde luego, por la radio. El problema del escrache sorayí fue que no era una protesta propiamente dicha, sino acoso personal en la puerta de su casa. Y, si bien, estoy a favor de que a los políticos les soltemos cuatro frescas cuando nos los encontremos por la calle, no lo estoy en absoluto a que haya que perseguirlos hasta su domicilio.

El hogar y todo lo que él contiene es lo más sagrado que tenemos. A pesar de que Soraya políticamente es una maldición bíblica, no existe razón alguna para ir a señalarla a su casa, tras cuyos muros no es más que una particular dedicada a sus cosas, entre otras a ser madre de una criatura que no tiene porque asistir a estos espectáculos. Todas las personas, incluso los políticos, tienen derecho a la intimidad. No todo es política, o al menos no todo debería serlo. Claro, que a ver quien explica esto a Iglesias & Co, que han hecho de la política su única dimensión vital. Dentro de ella, todo; más allá de ella, nada.

El escrache que ayer unos policías descontentos le montaron al concejal Barbero era, a diferencia del de Soraya, un escrache en toda regla. Le esperaron en la calle Mayor y allí le increparon con la profusión de palabrotería habitual en estos casos. Hasta le llamaron gordo, quizá porque Barbero está gordo, es algo puramente descriptivo, tanto como semicalvo (mi caso), enano (el de Soraya) o redicho (el de Errejón). La cosa no hubiese pasado de ahí si la banda esta no se hubiese puesto como se puso solo dos minutos después del escrache. Primero activaron a su ejército de tuiteros para solidarizarse (sic) con el munícipe ultrajado, luego vino lo bueno, las declaraciones de Barbero que, en forma de tuit, dieron mucho que hablar (y mucho con lo que el personal pudo coñearse a placer)

Hubo dos que me llegaron mucho, vamos, que me tocaron la patata como dicen los flamencos:

 

El "mandato de la ciudadanía", tóquense los pies. A ver, Barbero, el mandato de la ciudadanía es que en Madrid gobierne el PP, que fue el partido que ganó las elecciones. Si siendo los segundos ya se sienten portavoces de toda "la ciudadanía" no quiero ni pensar qué pasará cuando sean los primeros. Pero lo peor no era eso, lo peor es lo de los cambios precedido a modo de sentencia por el adverbio "también". Conclusión: que se vayan preparando los escrachadores.


Negando la mayor: "Esto no ha sido un escrache". Lo dicen porque, según ellos, hay diálogo con los sindicatos. No se si habrá diálogo o no y la verdad es que tanto da. Ese es asunto menor. La clave es la redefinición de escrache. Cuando lo hacían ellos poco importaba que hubiese o no diálogo, de hecho no buscaban el diálogo con los escrachados, se plantaban en la puerta de su casa o los perseguían por la calle mientras sacaban a mear al perro -como sucedió en cierta ocasión con, curiosamente, el ex alcalde Ruiz Gallardón- y allí los ponían de vuelta y media. Y ya que ha salido Gallardón, a éste le montaron varios, uno de ellos el mismo día de su toma de posesión como alcalde en junio de 2011. Abajo tenéis el vídeo. ¿Sabéis quien estaba ahí? Bingo, el mismo Barbero que, con el correr de los años y muchas horas de propaganda en La Sexta, llegaría a concejal. Justicia poética creo que se llama a esto.