sábado, 29 de noviembre de 2014

La expropiación explicada a los españoles


Hace unos años todos asistimos por YouTube al lamentable espectáculo de Hugo Chávez dando un paseo expropiador por Caracas. Iba acompañado de un grupo de conmilitones y las cámaras de Aló Presidente, aquel inefable programa televisivo al que Maduro, por falta de talento y telegenia, no ha sabido dar continuidad. Aquí, desde España, la cosa nos parecía muy cómica. El tirano señalando con su dedo rechoncho y su guayabera los edificios de una céntrica plaza de la capital. En uno de ellos se detiene y pregunta “¿y este edificio?”, a lo que una voz suavecita y servil responde “es un edificio que tiene comercio privado de joyería”. “¡Exprópiese!” dijo con voz rotunda y siguió a lo suyo. Detengámonos aquí. No sabía qué se hacía en aquel lugar ni a quién pertenecía, pero se lo quitó a sus legítimos propietarios delante de todo el país. Este tipo de ceremonias de catarsis revolucionaria eran muy del gusto de sus numerosos seguidores, que aplaudían con las orejas cada vez que el presidente conjugaba el verbo expropiar.

Volvamos al lugar de autos, a la plaza Bolívar. El edificio en cuestión se llamaba La Francia. Los caraqueños lo conocían porque allí desde hacía décadas se concentraba un sinnúmero de joyerías a las que muchos acudían para encargar sus anillos de boda o simplemente para comprar un buen reloj o darse un capricho. Los 90 comerciantes de La Francia nunca se habían metido con nadie, se limitaban a vender joyas. Nada más que eso. Los afectados por la intempestiva expropiación acudieron presurosos a sus negocios y sacaron en carretillas las existencias para ponerlas a salvo en sus domicilios o en algún almacén. Era todo lo que les quedaba después de una vida entera de trabajo arruinada por el calentón justiciero del presidente.

Chávez arguyó que la expropiación de La Francia y otros tres edificios de la plaza –uno de ellos con la peregrina excusa de que en él había vivido Simón Bolívar poco después de casarse– se debía a motivos urbanísticos. Al parecer no era de recibo que en el mismo centro histórico de Caracas hubiese negocios privados en lugar de museos. Hágase cargo de la situación, es como si en la madrileña Puerta del Sol hubiese que expropiar todos los comercios porque allí, en ese mismo suelo, se han producido grandes acontecimientos históricos que han marcado el devenir de la patria. La Puerta del Sol sin comercios dejaría de ser la Puerta del Sol, y eso mismo es lo que le ha sucedido a la plaza Bolívar.

Las ciudades no son sus edificios, son sus gentes, y las gentes comercian. Eso el socialismo –ni el del siglo XIX, ni el del XX, ni el del XXI– es algo que no ha entendido jamás. La magia de Nueva York (a las hijas de Chávez les gusta mucho, tanto que una de ellas se ha trasladado a vivir allí) reside en que es una ciudad de comerciantes. En tiempos mejores Caracas también lo fue. En la capital de Venezuela se inauguró hace no muchos años el mayor centro comercial de Hispanoamérica. Fue en 1998, el mismo año en que Chávez, cabalgando sobre el descontento y la demagogia, se hizo con el poder. El centro se llamaba –y se sigue llamando– Sambil Caracas. En su momento fue todo un hito, su secreto consistía en importar a Venezuela los grandes mall norteamericanos con sus tiendas, sus salas de cine, sus actuaciones musicales y sus áreas infantiles.

Animados por el éxito los dueños de Sambil, la familia Cohen, empezaron a expandirse por el país. Allá donde llegaban triunfaban. Debido a la inseguridad que reina en las calles, los centros comerciales en Venezuela se han convertido en un puerto seguro en el que la gente se refugia de los malandros y demás especies de delincuentes que, con la aquiescencia del Gobierno, proliferan por las ciudades. En un mall se está seguro, por eso tienen tanto éxito. Mediada la década estos empresarios decidieron abrir un segundo centro en la capital con el nombre de La Candelaria. Adquirieron los terrenos, se pusieron manos a la obra y levantaron un macro complejo comercial. Hasta aquí todo bien. A fin de cuentas la revolución bolivariana no era enemiga de la propiedad privada… o eso creían los Cohen.

A finales de enero de 2008 Chávez decretó la expropiación inmediata del centro de La Candelaria, que estaba a punto de abrir sus puertas. ¿Razón? Primero que iba a provocar atascos de tráfico, luego que ese edificio –ya terminado– estaría mejor como hospital o como museo. Se repite lo del museo. Obsérvese que, al igual que en España, los neosocialistas siempre se esconden tras la pantalla de la “cultura” y la “salud” para perpetrar sus crímenes. Lo cierto es que no fue una expropiación propiamente dicha, sino una confiscación. Los Cohen están aún, casi siete años después, esperando la indemnización. Lo de La Candelaria fue un robo, un robo sí, un atraco de altos vuelos cometido desde el Gobierno que puede retorcer la ley a su antojo para salir impune.

El Sambil de La Candelaria no se convirtió en un museo, y mucho menos en un hospital. El régimen lo llenó de gente sin hogar traída del extrarradio a la que confinó en los aparcamientos. A los chavistas se les llena la boca con aquello del derecho a la vivienda. ¿Les suena? Bien, pues lo otorgan en la medida de sus posibilidades aunque por vivienda entienden cualquier cosa, incluido un aparcamiento. Los vecinos llevan años quejándose de la criminalidad y la degradación del barrio. Protestan también porque el Sambil se ha convertido en cuartel general de los colectivos, esos grupos de individuos armados que, a lomos de motocicletas, hostigan y asesinan a los manifestantes antichavistas. Lo que debió ser un lugar de esparcimiento y diversión se ha transformado –revolución mediante– en un reducto de miseria que se cae a pedazos custodiado por un fortín de indeseables.

He traído dos casos, pero hay muchos más. En Venezuela las historias de desafueros patrocinados desde el Gobierno se amontonan uno encima del otro. A veces hay que explicar lo obvio, bajar a la historia concreta para que nos apercibamos del peligro que tenemos ahí, a la vuelta de la esquina. Quédese con la copla.