miércoles, 5 de noviembre de 2014

Esa bendición llamada Podemos

Con una encuesta de intención de voto en la mano –una encuesta fiable no sorayizada, quiero decir– Podemos sería hoy el segundo partido más votado de España a una distancia mínima del Partido Popular, que quedaría primero por los pelos. Esta encuesta a la que me refiero –limpia de toda sorayía interesada– daría a Pablo Iglesias y sus muchachos casi cien escaños en el Congreso que, sumados a los cerca de 90 de la Pesoe y los once de Izquierda Unida, pondrían el Estado y todos sus arsenales en manos de una poco apetecible coalición con un nivel de perroflautaje bastante alto. Bien, si nada cambia, dentro de un año en esas estaremos y dará igual que Dios nos pille confesados porque él se preocupa de las cosas del más allá, no de las del más acá. Casi mejor que nos pille fuera del país con nuestros euros puestos a buen recaudo en algún banco de la Unión Europea, opción esta cada vez más contemplada por esa parte de los habitantes del Estadospañol que tienen la mala pata de no estar enchufados a los presupuestos generales del Montorado.

Entonces, cuando esto suceda –si es que llega a suceder– nos preguntaremos cómo demonios hemos llegado hasta aquí. Unos dirán que la crisis, otros que la corrupción, muchos que una combinación de ambas. Pero no, lo que nos llevará a ese feliz desenlace no habrá sido ni la crisis ni la corrupción. No al menos como causa primera. La principal crisis que padece España es de ideas, de falta de ideas o, apurando el argumento, de prevalencia de las malas ideas sobre las buenas. Podemos lo entendió desde el primer momento y ahora recoge los dulces frutos de haber dado en el clavo. Cuando allá por 2008 bajó la marea de los años de abundancia y complejos adquiridos en los años de la Transición, afloraron todas las miserias y carencias de un sistema levantado sobre el culto al BOE, la elefantiasis del aparato estatal, el temor a los secretarios de organización de los partidos políticos y la desvergüenza congénita de una elite dirigente engolfada en los privilegios y la corrupción. Todo lo que se ha hecho desde entonces –primero Zapatero y luego Rajoy– ha ido encaminado a apuntalar ese mismo sistema con un parche tras otro. Los resultados están a la vista. Desempleo, mala leche y un renacido amor por el caudillismo redentor que nos aproxima a lo que siempre fuimos y que apenas dejamos alguna vez de ser.

En estas estábamos cuando apareció Pablo Iglesias y mandó parar. Un tipo más o menos desconocido fuera de los círculos académicos y las tertulias políticas… y en estas últimas solo gracias a una campaña intensiva en los meses previos a las europeas. Seamos sinceros, ¿quién conocía a los Iglesias, los Monederos, las Bescansas o los Errejones en 2011 más allá del selecto grupo de estudiantes de Políticas y de los expertos en perroflautología como un servidor? Por aquella época no decían nada muy distinto a lo que dicen ahora. Eran gente de extrema izquierda que estaba a lo suyo, agitando aquí y allá con un éxito más bien modesto. Pero, ay, ellos sabían algo que sus oponentes no. Sabían que desde 1978 aquí todo se ha resumido en repartirse la tarta del presupuesto, agrandarla mediante nuevos y recrecidos impuestos y volvérsela a repartir. No es que quieran acabar con eso, es que quieren la tarta para ellos solos. La tarta, la clave está en la tarta. Eso que llaman Estado del Bienestar no es más que un orden social caracterizado por la facilidad para acceder al presupuesto en condiciones ventajosas. La voluntad de Podemos es comerse la tarta entera. Emplearla en gastos social-patrióticos, en burocracia y en elevar la política al grado de asalto perpetuo sobre el contribuyente. No les culpo, son socialistas de los de verdad. Creen que desplumando a la sociedad civil y redistribuyendo luego una parte –la otra se quedaría en el camino a modo de comisión de servicio– no solo saldremos de la crisis, sino que seremos mucho más felices, que haremos, en definitiva, la revolución pendiente.



Bien, estas son grosso modo las ideas de Podemos. Impuestos altos, confiscatorios en la mayor parte de los casos, expropiaciones puntuales para engrasar la máquina política con nuevos cargos y canonjías con las que fidelizar a los afines y gasto público a raudales. Todo envuelto en palabrería solidaria, propaganda y dolor por el pasado corrupto destepaís. Nada nuevo bajo el sol, el rajoyal-zapaterismo llevado a sus últimas consecuencias. Les llaman antisistema pero no, nada de eso, son la expresión más pura del sistema que nos ha conducido de cabeza hasta el momento presente. Podemos haría que Adolfo Suárez, ese funcionario del Movimiento que pasó media vida de covacha en covacha hasta la Moncloa final, se revolviese de gusto en su tumba. La España que forjaría Pablo Iglesias & Co sería como un calco de esa España de posguerra en la que Suárez echó los dientes persiguiendo gobernadores civiles para ponerse a su servicio con un sonoro taconazo.

Frente a semejante programa máximo, ¿qué ofrece el Partido Popular o, si me apuran, el Socialista? Poco, casi nada, la agonía de lo que ya tenemos con algunos golpes en el pecho por los pecados cometidos. Así les luce el pelo. Luego se quejarán de que les hayan dejado de votar para acto seguido sacar el fantasma de Podemos y amenazarnos con las penas del infierno, que de seguro caerán sobre nuestra carne ligera si “el coletas” llega a disponer alguna vez del BOE. No dicen, no dirán que “el coletas” es obra de su falta de cabeza, de sus complejos, de su trinque irrestricto, que “el coletas” tiene lo que a ellos les falta: las ideas claras y un programa muy concreto que piensa llevar a la práctica.

De modo que, bien mirado, los españoles de bien, los que nos levantamos cada mañana y nos ponemos al tajo con la intención de vivir un poco mejor, los que pagamos y callamos, los que vivimos nuestra vida y no nos metemos en la del vecino, los que no cargamos sobre las espaldas del prójimo las culpas de nuestros propios errores quizá deberíamos dar las gracias a Pablo Iglesias. Y no precisamente porque él y los suyos vayan a facilitarnos la vida –que no lo harán– sino porque ha puesto sobre la mesa la materia prima que mueve el mundo: las ideas. Las suyas son malas, pero son ideas. ¿A qué esperamos para poner las nuestras –las buenas– a competir?

Tal vez haya llegado la hora de desmelenarse y hacer una enmienda a la totalidad del programa socialdemócrata, politicófilo y trincón que heredamos del franquismo. Tal vez sea el momento de decir alto y claro que el Estado solo interesa a quiénes viven de él, que hacerlo crecer es un error que pagamos nosotros y las generaciones venideras, que los impuestos son un robo legalizado por quienes se benefician de ellos, que lo único que esperamos de los políticos es su carta de dimisión, que queremos que nuestro país se parezca a Suiza y no a Nicaragua, que no queremos intromisiones en nuestra vida privada, ningún tipo de intromisión, ni personal ni financiera, que nos bastamos y nos sobramos para gestionar nuestras vidas y haciendas, que la solidaridad no se impone por decreto sino que nace de la propia sociedad y en ella encuentra cobijo el que más lo necesita, que no necesitamos políticos, que ellos y quienes les sirven son el problema. Una revolución de verdad y no la conclusión del sistema suarista que es, aproximadamente, en lo que consistirá esa coalición de izquierdas que dentro de un año mandará y dispondrá a su antojo. Si ellos tienen ideas, nosotros también, con la diferencia de que las nuestras funcionan y forjan países libres y prósperos dulcificados por el comercio libre y sostenidos sobre el imperio de la Ley. Podemos nos muestra el camino. Mostrémosles que nuestro camino no tiene nada que ver con el suyo, que el debate libertad contra servidumbre permanece intacto. Menos lloros, si ellos pueden nosotros también.