martes, 24 de diciembre de 2013

Papichulía y madelmanato

Lleva cinco años la gente preguntándose por qué llevamos cinco años en crisis y nos quedan otros cinco años para salir de ella. Diez años en total que nos van a dejar baldados. España, como decía Alfonso Guerra cuando la hambrienta tropa felipoide se aupó a la poltrona, no la va a conocer ni la madre que la parió. La España de 2020 será otro planeta. Los que recuerden los años de vino y rosas lo harán como aquellos poetas franceses que, en plena invasión nazi, rememoraban la Belle Epoque como la edad de la inocencia, un tiempo perdido, irrecuperable, envuelto en las brumas de la niñez.


La pregunta que tendríamos que hacernos a estas alturas, asomados ya a 2014, es cómo hemos llegado hasta aquí, por qué hemos caído tan bajo, qué pecado hemos cometido contra nosotros mismos naciendo. Podríamos decir que la culpa es de los mercados, que son muy malos; pero, claro malos son sólo para nosotros, porque a los holandeses esos mismos mercados les tratan divinamente. Y quien dice los holandeses, dice los coreanos, los taiwaneses o los chilenos, para que no me vengan ahora con el cuento del primer mundo, el segundo, el cuarto y demás invenciones wallersteinianas que son tan caras a mis buenos amigos de La Tuerka.

La culpa de nuestra desdicha, por resumirlo mucho, no es del mercado, sino de la falta de mercado. En España no prosperan los buenos, sino los que más y mejor se arriman a los malos. Medran las mediocridades voluntariosas, los aduladores de lisonja y cabezazo, los papichulos y los madelmanes cuya incompetencia dejaría atónito al contable más tonto del reino. Ese es nuestro drama. Todo el sistema de incentivos está concebido para que esta gente se salga con la suya. Dese un paseo por la sede más cercana de un partido político, pregunte por las juventudes y toque el paño con sus propias manos. Míreles a la cara, cúrese de espanto, esa es la materia prima sobre la que se edificará la ruina de nuestros hijos. La nuestra la han levantado los que se afiliaron cuando la Transición y entre los años del felipense temprano y el aznárico tardío.

Si Charles Darwin examinase de cerca nuestro cuerpo social constataría que la selección natural existe sí, pero a la inversa. Como la falsa moneda, los peores expulsan a los mejores, que, o bien se pudren dentro, o bien respiran fuera. Es una suerte de maldición secular y desconozco el modo de salir de ella o, mejor dicho, lo conozco pero me parece poco menos que impracticable. La regeneración en España siempre ha pasado más por salir por patas puerto de Somport arriba que por decir basta. Y el basta no es la perroflautada del 15-M ni el cuartelazo redentor que algunos desean como si de los cuarteles alguna vez hubiese salido algo bueno. Nos guste o no estamos condenados a la papichulía y el madelmanato, a soportar lo que nos echen, apretar los dientes y seguir adelante. Nadie nos dijo que ser español y honrado iba a ser algo tan difícil, pero, ¿nos queda otra?