sábado, 1 de septiembre de 2012

Se busca alcalde. Razón aquí

Trabajar en un ayuntamiento o, no digamos ya, ser alcalde del mismo es en España uno de los sueños dorados de cualquier hijo de vecino. Para lo primero hay continuas ampliaciones de plantilla mediante oposiciones –muchas veces amañadas– o, directamente, a través del método digital, que es el que mejor se les da a los políticos locales. Para lo segundo tampoco faltan candidatos. Exceptuando aldeas y pueblillos minúsculos, de esos que abundan por España con menos de 100 habitantes, la alcaldía siempre anda sobrada de novios.


No hay más que presenciar unas elecciones municipales en la España rural. El alcalde-cacique hace lo imposible por atornillarse al cargo mientras los aspirantes a alcalde-cacique profesionalizan el oficio de opositor municipal. Entonces, un día, canta la rana y salen elegidos. Cambian las tornas, el segundo trata de amarrarse mientras el primero intenta a la desesperada volver a arrimar los labios a la generosa ubre del municipio. Es un ciclo inagotable, como el del nitrógeno en la naturaleza.

En definitiva, para la política nunca hay vacantes. Son tales los privilegios que otorga y es tan desapacible el frío que hace fuera de ella que hemos terminado dedicándole en exclusiva una parte sustanciosa de la masa laboral del país. Esto, arguyen los beneficiarios, sucede en toda Europa, es propio de las “democracias avanzadas” y bla bla bla. Pues no, caballeros, no es propio ni de esas democracias ni de las otras, sino de países enfermos como el nuestro, países donde el saqueo al prójimo mediante la política se ha convertido en un medio de vida muy rentable y, por lógica, muy demandado.

¿Sucede lo mismo en toda Europa? No. Y la demostración la tienen aquí, en este anuncio publicado en un diario regional del sur de Alemania. En la edición de hoy, 1 de septiembre, del Schwarzwälder Bote (El mensajero de la Selva Negra), puede leerse dentro de la sección de ofertas de empleo:

Traducción rápida:

(Clic para agrandar)
El puesto de alcalde del pueblo de Dotternhausen (Zollernalbkreis) de alrededor de 1.850 habitantes tiene que ser reocupado a raíz del término de legislatura. La duración del puesto son ocho años. La remuneración se rige por la normativa legal. La elección tendrá lugar el domingo 11 de noviembre de 2012, la segunda vuelta (sino se presenta nadie a la primera, se entiende) tendrá lugar el domingo 2 de diciembre de 2012.

Los elegibles deben ser ciudadanos alemanes según marca el artículo 116 de la Constitución o ciudadanos de otros países de la Unión Europea que estén censados en la República Federal de Alemania antes de la publicación del presente anuncio. Los solicitantes tienen que tener cumplidos el día de la elección los 25 años de edad y no deben aún haber cumplido los 65 años de edad. Tienen que garantizar en todo momento el cumplimiento libre y democrático de la ley. No son elegibles las personas incluidas en los artículos 46/2-1 y 14/2.

Las solicitudes se admitirán a partir del 31 de agosto de 2012, fecha de la publicación en el Boletín Oficial de Baden-Württemberg. Las solicitudes pueden llegar como muy pronto el día de la publicación y como muy tarde el lunes, 15 de octubre a las 18 horas por escrito al presidente del comité electoral a la siguiente dirección: Hapuptstrasse, 21 72359 Dotternhausen, en sobre cerrado con el siguiente epígrafe: “Elecciones a alcalde”.

Estas cosas, anuncios tan desconcertantes como el de arriba, suceden no sólo porque el sistema está bien planteado, sino porque Baden-Württemberg es una de las regiones más ricas de Europa, disfruta de una renta per cápita que se aproxima a los 50.000 dólares y el desempleo se mantiene en torno al 4%. Conclusión. La prosperidad económica real (no la de la recalificación, la comilona, el ladrillazo y la comisión) aleja a la gente de la política, que es lo suyo.

Porque, seamos sinceros, ser alcalde es un coñazo. Si uno puede buscarse la vida de mejor manera lo hace. A no ser, claro, que la alcaldía se convierta en un negocio en sí mismo y, como tal, en un oficio. Este extremo, el del politiqueo como profesión vitalicia, es el que nos han terminado por matar.