domingo, 28 de marzo de 2010

Adiós al papel

Esta década ha asistido a tres revoluciones tecnológicas silenciosas: la de la digitalización de la música, la fotografía y el vídeo, por este orden cronológico. Lejos quedan los tiempos en que nos intercambiábamos discos compactos para escucharlos en el equipo de música durante el tiempo que durase el préstamo; o los paseos a la tienda de fotos para comprar carretes y luego, en una nueva peregrinación, para revelarlos en papel; o el trapicheo de cintas de vídeo que solían atascarse en los reproductores. Todo eso nos parece casi paleolítico, de hecho, tecnológicamente hablando, es casi paleolítico.



Nadie hoy, en el año 10 después de la revolución, espera dos meses para ver lo guapo que ha salido en una foto, o se conforma con recordar vagamente un vídeo musical que le gustó mucho en la infancia; mira la foto inmediatamente en la pantalla de la cámara y busca en YouTube el videoclip en cuestión. Nos hemos acostumbrado a lo inmediato y a lo gratuito, que es lo suyo por más que se empeñen la sociedades de gestión de derechos de autor en devolvernos al pasado. Esto ha sido así porque tanto el vídeo como la fotografía y la música están hechas de bits, es decir, de información. Los bits son libres, se mueven a su antojo a través de las redes telemáticas y de los mil y un aparatos que hemos creado para trasladarlos de un sitio a otro. Y todo a un coste que tiende a cero.

Hace 100 años difundir una sola palabra en un periódico costaba la intemerata. Hacían falta centenares de empleados, rotativas, papel, tinta, transporte, distribución y puntos de venta. Cada uno de los intermediarios iba encareciendo la palabra original. Lo mismo podría decirse de una nota de música o de un fotograma de cine. Hoy difundir una palabra o un compás musical cuesta, exactamente, cero euros. Gracias a este avance el mundo es hoy un lugar infinitamente mejor. La información fluye abundante y veloz, y con ella el conocimiento humano, que es la base de la prosperidad.

Pero, en esta marea digital que todo lo ha devorado, los libros siguen siendo de papel, costando un pico, pesando otro y deteriorándose en las estanterías. La industria editorial ha sido la única que se ha salvado de la inmensa quema que ha obligado a reestructurarse a sus congéneres audiovisual y discográfico. Esa excepción durará poco gracias a unos nuevos dispositivos electrónicos que van a revolucionar el modo en que leemos libros, van a liberar a escritores de la esclavitud a la que les sometían las editoriales y, sobre todo, van a posibilitar que, por muy poco, muchos accedan a lo mejor de la literatura universal.

El e-reader, un aparato extraordinario

Este dispositivo se llama lector de libros electrónicos o e-reader y no es más que un cacharrito extraordinario: delgado, liviano y barato que dispone de una pantalla muy especial que emula a la perfección la de un libro de papel. Un aparato, pues, que ha solucionado satisfactoriamente el problema de la calidad de visionado y la autonomía de los ordenadores, es decir, las dos pegas que solían ponerle a la escritura electrónica. Leer en la pantalla del ordenador es muy incómodo y cansa demasiado la vista. Los monitores y las pantallitas LCD de los PDA y los móviles están retroiluminados –ya sea por un fluorescente o por diodos LED– lo que redunda en un mayor consumo y en una limitada portabilidad cuando se superan las 5 pulgadas, esto es, el tamaño de página en un libro de bolsillo.

Para sortear este desafío, los ingenieros trabajaron duro creando una pantalla nueva compuesta por microcápsulas, unas diminutas bolitas mitas blancas mitad negras que, por un impulso eléctrico se dan la vuelta en el punto deseado. Estas bolitas no son como los píxeles de un monitor que precisan de una fuente de iluminación para poder ser visibles, se ven por sí mismas. Al ser algo físico el rango de visión de esta tecnología, llamada tinta electrónica o e-ink, es igual al del papel. No importa desde donde miremos la pantalla porque siempre vamos a leer con nitidez lo que está escrito en ella sin importar que lo hagamos bajo un sol radiante o casi de perfil. Como contrapartida, es imposible ver algo escrito con tinta electrónica si no hay luz, pero un libro de papel tampoco puede leerse a oscuras.

Esto no acabará con la literatura ni con los escritores, del mismo modo que la llegada del iPod no acabó con la música ni con los músicos

La tinta electrónica permite, además, fabricar pantallas finísimas que hasta pueden enrollarse sobre sí mismas lo que, llegado un momento, podrá aplicarse a la prensa diaria con la ventaja de que no será necesario imprimir toneladas de papel. Los lectores se conectarán al servidor y descargarán la edición para leerla en los mismos sitios donde hoy leen el periódico, esos lugares difícilmente accesibles para un ordenador personal como la barra de un bar, el vagón del Metro o el banco del parque.

No hay que preocuparse tampoco por la autonomía como ahora sucede con los portátiles. Los lectores de libros electrónicos son extremadamente austeros, pueden estar encendidos durante horas y horas. Al carecer de iluminación y de procesadores complejos, con una simple carga aguantan toda una semana, incluso más si no leemos a diario. Los más modernos son un auténtico mechero electrónico. La taiwanesa Asus acaba de presentar uno que, si lo encendemos el lunes a las 10 de la mañana y lo dejamos encima de una mesa, se le acabaría la batería el viernes a mediodía. Ningún otro dispositivo dura tanto tiempo con tan poca cantidad de energía.

¿Y dónde se meten los libros? En el mismo lugar que la música en un reproductor de MP3: en una memoria, ya sea interna o externa. Con la gran diferencia de que un libro ocupa bastante menos espacio que una canción y, no digamos ya, que una película. La Biblia, por ejemplo, sólo pesa cuatro megabytes, el Quijote tres, el Fausto de Goethe dos y Edipo Rey, de Sófocles, 98 insignificantes kilobytes, es decir, nada. Y eso en ediciones a todo lujo, en formato PDF bien maquetadas. Todos estos títulos podrían pesar aún menos en otros formatos. En una económica tarjeta de memoria SD de 2 gigabytes, lo más pequeño que se vende hoy en día, puede uno guardar una biblioteca de unos 3.000 ejemplares bien editados.

Teniendo en cuenta que en una estantería estándar de 80 centímetros de ancho y seis baldas caben unos 150 libros, sería necesario tener en casa 20 estanterías una al lado de la otra, o, lo que es lo mismo, 16 metros lineales. Si la comparación la hacemos con una moderna tarjeta de 32 gigabytes hablaríamos de decenas de miles de libros que, para albergarlos, haría falta una biblioteca universitaria. Por el contrario, todas las tarjetas SD tienen el tamaño de la yema del dedo pulgar y en su interior los libros ni se degradan ni cogen polvo. Por si fueran pocas las ventajas, encontrar un libro electrónico dentro del e-reader es tan simple como buscar algo en Internet. Se escribe el título o el autor y se pone uno a leer. Si lo que buscamos es dentro de un libro, no hay más que abrir la caja de búsqueda, escribir la palabra, el personaje o el capítulo que queremos y en un segundo lo tendremos ante nuestros ojos.

Asignatura pendiente: la industria editorial

Una vez la industria informática ha hecho el trabajo de crear un aparato fabuloso, queda que la otra industria, la editorial, se aplique, saque sus títulos en este formato y se preocupe de distribuirlos a través de Internet. Pero no, al menos en España eso no ha ocurrido. Todo propietario de un lector de libros electrónicos se las ve y se las desea para encontrar material con el que llenar su amado cacharrito. Las editoriales españolas ven al libro electrónico como una amenaza y no como una oportunidad. Piensan, con razón, que los lectores empezarán a prestarse libros y eso repercutirá en su cuenta de resultados. Así será se pongan como se pongan. Las normas han cambiado y sólo los que entienden algo tan elemental sobrevivirán. El resto perecerá agarrado a su tocho de papel culpando de todo a su antigua clientela que prefiere leer mucho y gratis a poco y pagando.

Esto no acabará con la literatura ni con los escritores, del mismo modo que la llegada del iPod no acabó con la música ni con los músicos. Habrá editores que inventen nuevas formas de ganar dinero con la escritura y escritores que no quieran ni oír hablar de una editorial, habrá lectores que sólo quieran leer de gorra y otros que paguen a cambio de la rapidez o de tener la satisfacción moral de remunerar al autor. Lo que en unos años no querrá nadie es un engorroso libro de papel.

No todo en el mundo moderno iba a ser para mal.