viernes, 22 de enero de 2016

La hora de los enanos

Al Su Majestad se le acumula el trabajo desde hace unos días. Sospecho que no imaginaba hace tan solo tres meses que el asunto iba a ponerse tan complicado como lo está ahora. Lleva año y medio de reinado y el país es de facto ingobernable. Y bien que podría estarlo con que los dos partidos más votados alcanzaran un acuerdo de mínimos que garantizase la estabilidad durante los próximos dos años y medio, hasta aproximadamente el verano de 2018. Entonces se podría convocar de nuevo a los españoles a las urnas y, ya con las pasiones más calmadas y con la tímida pero real recuperación económica encarrilada, deshacer el bloqueo actual en una u otra dirección. Una legislatura corta, acompañada de un programa realista, breve y conciso sostenido sobre doscientos y pico escaños es, visto lo visto, quizá lo mejor que nos podría pasar. Pero no, aquí todo el mundo echaba pestes del bipartidismo; que si era el mal personificado, que si era la antesala de la dictadura, que si fomentaba las castas y los apaños, pero cuando se ha acabado resulta que teníamos bipartidismo porque no sabemos tener otra cosa.




Cuando ha llegado la hora de los gigantes hemos descubierto que tenemos el parlamento lleno de enanos

Cuando ha llegado la hora de los gigantes hemos descubierto que tenemos el parlamento lleno de enanos. El más diminuto de todos ellos es el avecindado en la Moncloa que, fiel a su propia tradición personal de dejarlo todo para mañana, observa atónito como ya no puede marcar los tiempos y esto se le escapa de las manos. Podría decir que es una pena, pero no, es una bendición. De hecho, una de las pocas esperanzas que a día de hoy nos quedan, es que Mariano Rajoy dimita y se vuelva a Pontevedra –de donde nunca debió salir– a aplastarse en un sillón de orejas del casino a fumarse un puro, mientras ve el Tour de Francia con un ejemplar de La Razón de ayer en su regazo. Para otra cosa no va a quedar este desastre sin paliativos que en mala hora colocó Aznar ahí por el expeditivo método digital que en el PP se emplea desde su misma hora fundacional. Una vez desatascado el tapón –que incluye a Soraya y a toda su banda de fantoches peripuestos– tal vez se pueden reiniciar las negociaciones desde cero. De culminarse con éxito el PP tendría que acometer una refundación en toda regla, empezando por una declaración de principios clara, cosa de la que ahora carece.

Digo tal vez porque en el otro lado también hay un tapón: Pedro Sánchez. Este hombre, del que no sabíamos casi nada hasta ayer por la tarde, ha demostrado ser, tal y como vaticinaban los más avisados, una calamidad superior a Zapatero, que por algo fue su preceptor y maestro en todo. De llegar al poder no quiero ni pensar la cantidad y calidad de espectáculos bochornosos que nos reservaría. Nótese que, de hacerlo, lo haría de la mano de Podemos. Ponga usted el resto de la historia y échese a temblar. Sánchez parece tener solo dos ideas fijas en la cabeza: una, gobernar a cualquier coste, y dos: no hacerlo con el partido más votado. Es un doble salto mortal con tirabuzón. De conseguir su objetivo estaríamos ante una demostración de destreza notable. Sería el primer presidente de Gobierno cuyo partido no ganó las elecciones y la primera vez que un partido ganador –y con autoridad, el PP tiene 33 diputados y un millón y medio de votos más– pasa directo a la oposición.

Con tan solo noventa escaños y un acuerdo cogido con pinzas con la amalgama radical acaudillada por Pablo Iglesias no es que vea curvas, es que veo un despeñadero por el que nos iremos antes de acabar el presente año o, como muy tarde, a lo largo del año próximo. Iglesias puede renunciar hoy a los plebiscitos soberanistas en Cataluña, País Vasco, Galicia, Valencia… y, ¿por qué no? también en Madrid, Aragón y la montaña santanderina, que son tan históricas como las anteriores, pero, ¿durante cuánto tiempo podrá mantener esa renuncia que, por lo demás, es solo de boquilla? Habida cuenta de que para lo de los grupos parlamentarios ya se ha hecho un siete asistiendo impotente a la espantada de los valencianos, ¿qué no pasará cuando tengan el BOE en la mano y puedan llenarlo a placer de disposiciones y mandatos?

Tal y como hemos visto en ayuntamientos y autonomías, Podemos no son sus vanidosos líderes, sino una mezcolanza aperroflautada de izquierdistas echados al monte que se mueren por poner España del revés

El de los independentistas es solo uno de los muchos puntos por donde se puede romper la gran coalición de progreso. De un modo u otro irían con el tiempo compareciendo en escena todos los fantasmas de la casa: el impago de la deuda, las expropiaciones, la banca pública, los desahucios, el abandono del euro, las amistades peligrosas con ayatolás de un lado e hijos de Chávez de otro, los presupuestos expansivos, la cristianofobia enfermiza y un largo etcétera que pasa necesariamente por una constituyente que termine de dinamitar el sistema del 78. Iglesias seguramente tendría la paciencia suficiente, sabría esperar a recoger la fruta cuando estuviese madura, pero, tal y como hemos visto en ayuntamientos y autonomías, Podemos no son sus vanidosos líderes –que un día se creen la reencarnación de Lenin y al siguiente la de Frank Underwood–, sino una mezcolanza aperroflautada de izquierdistas echados al monte que se mueren por poner España del revés. A partir de ahí se puede esperar cualquier cosa, incluido un colapso general porque entre unos y otros han ido amontonando los despropósitos y el país termina yéndose al garete.

Se me antoja que un enano como Sánchez, un hombre que ha hecho contorsiones en el alambre para garantizar su supervivencia personal a costa de mandar a pique al país entero –al tiempo que liquida a su propio partido–, no solo dejaría hacer, sino que se apuntaría entusiasta al experimento podemita tratando, una vez más, de mantenerse a flote como un corcho en alta mar. Que lo consiguiese ya es otra cosa, pero para entonces sería ya tarde para casi todo y no habría manera de volver atrás. Este año se cumplen cuarenta años del arranque de la Transición. En 1976 España se encontraba también ante un lance incierto en el que podía pasar cualquier cosa. En líneas generales se supo mantener la cabeza fría. Salvo contadas excepciones no hubo demasiados gigantes pero tampoco demasiados enanos. Hoy nos sobran los segundos. Los primeros quizá estén por ahí, pero no han aparecido.