viernes, 29 de enero de 2016

El poder de las palabras

Corta o larga esta legislatura se promete entretenida. De un congreso salido de los debates nocturnos de La Sexta no podía esperarse otra cosa. Y, ojo, no será porque no se advirtió con tiempo. La política en España no interesaba a casi nadie y eso, en cierto modo era hasta bueno. No me canso de repetirlo, un país que vive al margen del politiqueo es un país libre y próspero. Los suizos, por ejemplo, se preocupan muy poco de las cosas que suceden en la Asamblea Federal de Berna. Esto es así porque los políticos suizos tienen poco poder. Por más empeño que le pongan la ley les impide meterse demasiado en la vida de sus conciudadanos, amparados en una legislación que les protege de los excesos del poderoso y en la soberanía cantonal. No es casualidad que la constitución helvética –muy reciente, del año 99– ponga tanto énfasis en la economía de libre mercado y en la necesaria limitación del poder central encarnado en esa misma asamblea. Tampoco es casualidad, aunque yo diría que es consecuencia de lo anterior, que Suiza sea uno de los países menos corruptos del mundo y, como usted ya sabrá, es uno de los más ricos y pacíficos. En todas estas bendiciones tiene mucho que ver un pequeño detalle que a muchos les pasa desapercibido, la constitución suiza invoca directamente a un concepto que por estas latitudes políticas es desconocido: la responsabilidad individual.



El usufructo del poder no deja de ser una forma de renta, ya sea en formato de enchufes directos o de clientelas indirectas

Pero aquí, para nuestra desgracia, no estamos en un país tan bien estructurado como Suiza. Aquí el político lo es todo, que se lo cuenten a Alfonso Rus, el cacique del PP valenciano que la Guardia Civil acaba de colocar en un potro de tortura del que le va a costar bajarse. Las promesas de la nueva hornada podemita lo han entendido a la perfección y actúan en consecuencia. Sabedores de que buena parte de los españoles lo espera todo del Gobierno o, por afinar más, de la administración pública, se afanan día tras día en colocar su mercancía a través de la televisión con la voluntad expresa de ir acaparando poder a cambio de palabrería y votos de pureza. El usufructo del poder no deja de ser una forma de renta, ya sea en formato de enchufes directos o de clientelas indirectas. La responsabilidad individual, esa que la constitución suiza consagra de un modo magistral – “Toda persona es responsable de si misma”, dice textualmente en su artículo sexto– se diluye de este modo en el magma de lo colectivo que tantos entusiasmos despierta entre nuestros paisanos.

Visto así no es tan extraño que la propaganda del partido apele continuamente a “la gente”, que no deja de ser una variante del más ortodoxo “pueblo” que reclaman para sí los déspotas antes, durante y después de su dictadura. Una vez construido lo de “la gente” es cuestión de dar un pasito muy corto para levantar frente a él a su contraparte: “el enemigo de la gente”. Si la gente son ellos, todos los que les criticamos hemos de ser necesariamente enemigos de la gente. Sutileza cero, como puede verse, pero es un ardid muy efectivo entre los simples. No es más que una reelaboración de aquella mezquindad de “los de arriba contra los de abajo” que tanto empleaba Monedero hace cosa de año y pico, pero que aparcó tan pronto como comprobaron que, si bien es cierto que muchos de sus votantes saquearían sin piedad a todo aquel que tuviese un euro más que ellos, no se debían de notar las intenciones.

La cantinela de “la gente” ya empezó con la campaña de las municipales. En aquel entonces solían colocarle lo de común en su forma de adjetivo. De tanto en tanto me pongo en YouTube por puro entretenimiento el videoclip musical que Ada Colau protagonizó para convencer a los indecisos. Se titula “El runrún” y la letra, cantada por la misma Colau, es tan breve que cabría en un dedal. Dice: “El runrún es defender el bien común. La gente sencilla, la gente honrada, la gente común tenemos el poder” y lo va repitiendo una y otra vez como un mantra tibetano. Ahora es alcaldesa de Barcelona, su sueldo tiene muy poco de común y la honradez se la dejó en alguno de los muchos pollos callejeros que montaba en sus tiempos de activista, porque según entró en el consistorio empezó a enchufar a amigos y familiares. Pero eso ya no importa. Está en el machito (con perdón), y de ahí no va a ser fácil que salga ya que en España la administración maneja una cantidad tan mareante de dinero que la compra de voluntades es la norma y no la excepción.