viernes, 9 de octubre de 2015

Por qué todos temen a Albert Rivera

En política quien da primero no siempre da dos veces, de hecho a veces sucede que precisamente por dar el primero se termina no dando ninguna. Ejemplos sobran, la historia es un cementerio de hombres del momento que iban a serlo todo y se quedaron en nada. Pablo Iglesias, por ejemplo, que hace un año se veía ya zapateando por la Moncloa y hoy firmaría un ministerio de segunda en un Gobierno de coalición después de haber colocado a todos los que no encontraron acomodo en los ayuntamientos después de las municipales.



La tragedia podemita, que no es tal si miramos con sentido común las encuestas, se resume en una cuestión de expectativas frustradas, creadas en gran parte por los medios de comunicación y alimentadas por el complejo sorayo-arriolano, que hace año y pico andaba obsesionado con dar la estocada final al PSOE. Podemos no ha fracasado, de hecho podría decirse que ha pasado de la nada al casi todo en muy poco tiempo. Por casi todo hay que entender un buen puñado de alcaldías importantes, escaños autonómicos a gogó y, en breve, plazas de soberanía en el Congreso y el Senado. Esto se lo cuentan al trío Iglesias-Errejón-Monedero hace dos años y no se lo creen ni en pintura.

Iban a merendarse España y al final se han tenido que conformar con dar cuenta, y no del todo, de los restos de Izquierda Unida

El problema radica en que el casi todo es el problema cuando se ha aspirado al todo sin contemplaciones. Iban a merendarse España y al final se han tenido que conformar con dar cuenta, y no del todo, de los restos de Izquierda Unida, ruinosos y humeantes tras el paso de esa calamidad astur que atiende al nombre de Gaspar Llamazares. Quizá llegaron demasiado pronto y se rompió el embrujo antes de tiempo, o quizá nunca debieron presentarse a las municipales para no desvelar sus cartas antes de tiempo. Pero la poltrona por pequeña que sea es mucha poltrona y el político, ya sea en condición de casta mayor, casta menor o protocasta, no puede resistirse al reclamo del presupuesto, los boletines oficiales y todas las chucherías que trae aparejadas el ejercicio del poder.

El hecho irrebatible a día de hoy es que Podemos no ha podido, o al menos no ha podido del todo. Por más que se empeñen ahora en buscar errores de cálculo, que han sido unos cuantos, la razón por la que la alternativa bolivariana para España no ha arraigado en el corazón de los votantes es otra y hay que buscarla fuera. Hagamos memoria, a la irrupción de Podemos le sucedió en paralelo el despertar de un centro-derecha que estaba y sigue estando hasta las narices de la banda de Rajoy por sus reiterados incumplimientos, por su insoportable altanería y por el cenagal en el que la cúpula del partido chapotea a causa de sus propios excesos con el dinero ajeno. En un plazo muy corto de tiempo nació Vox con Santiago Abascal a la cabeza que al final se ha quedado en nada, y se reactivaron Ciudadanos y el UPyD de la hasta entonces incombustible Rosa Díez. De toda esa tropa solo podía quedar uno, el que se mimetizase mejor con el votante de derechas medio para poner así el descontento de su lado y dar una dentellada al rocoso electorado del PP. Podría haber sido cualquiera de los tres partidos, pero solo uno de ellos tenía a Albert Rivera, que es quien ha terminado por poner cara, ojos y sonrisa a la regeneración tranquila que la derecha española, harta de estar tapándose la nariz un día si y al otro también, estaba pidiendo.

Albert Rivera no era nuevo en el barrio pero le tenían por inofensivo, una extravagancia catalana que en Madrid nunca se había comido un colín

Albert Rivera no era nuevo en el barrio pero le tenían por inofensivo, una extravagancia catalana que en Madrid nunca se había comido un colín. Además, ya se sabe lo timorata que es la derecha a la hora de cambiar de caballo. Con eso contaba Arriola, que es de los que padecen en grado extremo lo que Taleb denomina el error de la confirmación y el problema del pavo de Navidad. Desdeña tanto lo que desconoce que simplemente lo ignora. Súmele a eso que es de los que piensan que el PP tiene el voto en propiedad y tendrán la solución al enigma. Resumiendo, como sus votantes siempre han sido muy disciplinados todo indica que seguirán siéndolo… hasta que dejan de serlo, exactamente lo mismo que le sucede al pavo que, criado con esmero durante un año, se encuentra ante un inesperado Apocalipsis la tarde de Nochebuena. Digamos que en el PP nadie estaba preparado para lo improbable, de ahí que ahora anden como pollos o, mejor dicho, como pavos sin cabeza de aquí para allá lamentando su suerte y maldiciendo en rajoyés por el incierto futuro que les espera alejados del escaño, el BOE, el despacho oficial y la secretaria con el café recién hecho por las mañanas.

El temor de los peperos por Rivera es comprensible. Es la horma de su zapato en sentido estricto. Su muestrario de mercaderías es muy parecido pero sin productos caducados, sin fruta podrida y sin la arrogancia del tendero que se sabe monopolista. A eso le suma la juventud, la telegenia y las múltiples ventajas que otorga tener poco pasado y limpio. Después del éxito en las catalanas a Génova solo le queda bajarse del guindo e ir asumiendo ya que va a tener que entenderse con él sí o sí. Aunque, claro, podría suceder que a Rivera no le interesase unir su nombre al del partido de Bárcenas, Rato y Cía y apostase por entenderse con un PSOE más o menos renovado después de cuatro años de penurias. Se lo puede permitir porque ha ocupado el centro, y eso le hace aún más temible, esta vez en el lado izquierdo del espectro.

Que no desperdicie la oportunidad, nadie desde el primer José María Aznar lo había tenido tan a huevo

Si tras las elecciones Ciudadanos y PSOE alcanzan un acuerdo los grandes perdedores serían el propio PP y Podemos. De aquí el odio cartaginés que los podemitas han criado contra Rivera y los suyos, una aversión que, en el lenguaje de esta gente, se traduce en campañas de desprestigio generalmente desmadradas como la de la última semana, en la que los tuiteros morados se han empleado a modo en repetir como papagayos que Ciudadanos es, en realidad, un partido nazi o algo así. Este tipo de chifladuras son la demostración palpable del desasosiego que reina en el así llamado “núcleo irradiador”. Rivera puede considerarse un privilegiado, la izquierda vive en un estado de guerra permanente y nunca despilfarra munición. Cuando dispara es que tiene motivos fundados para hacerlo y, eso sí, no escatima cargas de artillería. Que no desperdicie la oportunidad, nadie desde el primer José María Aznar lo había tenido tan a huevo.