viernes, 2 de octubre de 2015

Paz sí, pero no a cualquier precio

La noticia del acuerdo de paz entre el Gobierno colombiano y las FARC, esa infame banda guerrillera responsable directa de buena parte del atraso y la violencia que asuela al país desde hace medio siglo, ha sido recibida con alborozo en todo el mundo. Parece que basta con poner la palabra “paz” a algo para que obtenga el beneplácito del sanedrín de lo políticamente correcto. Si la “paz” viene, además, acompañada de las bendiciones de Raúl Castro, de Barack Obama y de los santones habituales de las paginas de opinión del New York Times pues mejor que mejor.

¿Debería Colombia, una democracia consolidada, capitular ante esta recua de matarifes? Personalmente creo que no


Nadie, sin embargo, se ha planteado dos cuestiones elementales. La primera es el coste de esa paz. Nadie a excepción de los propios colombianos quiero decir, que andan escamados porque temen, con razón, que se la vayan a meter doblada. La paz a cualquier precio no es exactamente paz, es capitulación. ¿Debería Colombia, una democracia consolidada, capitular ante esta recua de matarifes? Personalmente creo que no, y como yo muchos más observadores. Por lo que, antes de echar las campanas al vuelo, lo primero que habría que verificar son las condiciones de esa paz que tantos celebran estos días de manera tan inconsciente.

La segunda es, si la hipótesis de la capitulación es cierta, aventurar qué futuro le aguarda a Colombia si se recompensa con impunidad a los guerrilleros. Podría suceder como en Guatemala, país en el que la guerrilla trató de ganar en la paz lo que había perdido en la guerra. En gran parte lo consiguió y el país aún arrastra las consecuencias de unos tratados de paz mal concebidos y peor desarrollados. Algo similar sucedió en El Salvador, país en el que a día de hoy gobiernan los ex guerrilleros del FMNL con el apoyo explícito del régimen bolivariano.

¿Qué puede esperar Colombia entonces? ¿Una reedición del caso guatemalteco o del salvadoreño? Ciñéndose a los hechos es más factible el segundo. La guerrilla en Guatemala fue endémicamente débil y nunca supuso una amenaza seria para el poder, aunque la torpeza congénita de los gobernantes guatemaltecos de entonces así lo hiciesen ver y, en consecuencia, tomasen en muchos casos medidas más que discutibles. En El Salvador, en cambio, la guerrilla estuvo a punto de tomar la capital y puso en jaque a varios Gobiernos. La revolución, por resumirlo mucho, nunca capturó demasiadas voluntades en Guatemala, no así en El Salvador, y eso vendría a explicar la divergente historia política de ambas repúblicas que, en casi todo lo demás, se parecen como dos gotas de agua.

En Colombia las FARC y sus socios del ELN y el EPL no solo consiguieron consolidarse, sino que tienen el soporte de Gobiernos extranjeros como el de Venezuela, Ecuador y, por descontado, el de Cuba, a cuya obediencia ciega llevan consagrados desde su fundación a mediados de los sesenta. A una hidra semejante o se le corta la cabeza de cuajo o de un modo u otro volverá por sus fueros, especialmente cuando esos fueros son los que la falsa paz ha premiado.

Aunque entre la izquierda occidental la guerrilla colombiana mantenga aún hoy algo de prestigio, lo cierto es que no lo merecen en absoluto. Si alguna vez les movió alguna noble intención hace ya muchas décadas que se ésta se extinguió. Las FARC son desde hace mucho una organización criminal dedicada casi por entero al narcotráfico, el secuestro, la extorsión, la minería ilegal y el terrorismo a gran escala. Con gentuza de esta ralea no se negocia paz alguna. A lo sumo se sienta uno en la misma mesa durante no más de diez minutos para exigirles que abandonen las armas y se entreguen en el acto. Eso es lo que se haría en cualquier país civilizado en el que la ley impera. Pero las categorías que se manejan con el Tercer Mundo y, en especial, con la América hispana son así de arbitrarias. Lo que jamás aceptaríamos en Europa nos parece la mar de normal, y hasta recomendable, allá en lo profundo de la selva Lancandona.

Si los más funestos presagios se hacen realidad a Colombia le espera una auténtica pesadilla. A los mafiosos de la guerrilla les habrán salido gratis sus muchos crímenes y podrán empezar de cero

Si los más funestos presagios se hacen realidad a Colombia le espera una auténtica pesadilla. A los mafiosos de la guerrilla les habrán salido gratis sus muchos crímenes y podrán empezar de cero, cambiando el guión pero no el desenlace de una tragedia anunciada. Ni Timochenko, alias Rodrigo Londoño Echeverri, ni ninguno de sus cuates ha renunciado a transformar Colombia en una atroz tiranía comunista. Podría decirse incluso que a estas alturas el fusil ya les estorbaba, aunque también es cierto que solo con él podían dedicarse a los turbios negocios que mantenían con vida a la guerrilla. El dinero lo tendrán que sacar de otra parte. Donantes desinteresados no les van a faltar. Y hasta podría suceder que no se viesen obligados a abandonar del todo las viejas formas de financiación si la capitulación de Santos es tal y como ellos prevén que sea.

Acabar con una democracia es relativamente sencillo. El modelo a seguir lo tienen muy cerca. Venezuela ha sido y sigue siendo su santuario. A poco que hayan aprendido de los padrinos chavistas ya saben qué caminos tomar, qué tiempos necesitan para cada paso, qué tipo de aliados son los más dóciles y cómo se puede subvertir un sistema desde dentro sin que nadie lo advierta fuera. Los acuerdos de paz en Colombia, que todavía no se han firmado y que llevarán meses y meses de negociaciones, pueden ser el preámbulo de un callejón sin salida para Colombia y todos sus habitantes. Quizá por eso se lo han tomado con tanta frialdad. Que los gringos hagan el tonto es comprensible, a fin de cuentas no se enteran ni se enteraron nunca de lo que pasa al sur del río Grande, pero los hispanos no deberíamos caer en el mismo error. Las orejas del lobo colombiano son demasiado familiares como para no reconocerlas según asoman. Las FARC nos las están enseñado enteras. ¿Hace falta explicar algo más?