martes, 10 de septiembre de 2013

Madrid Dosmiltrinque

Benditos delegados del COI. Benditos por sus votos y por haber negado el pan, la sal, el caramelo y el algodón de azúcar a la banda de la Botella y sus ladrilleros de escolta. Los madrileños deberíamos estarles agradecidos sino por toda la eternidad, si por los próximos 450 años, que es, año arriba año abajo, lo que Madrid lleva de capital del reino. Estoy por proponer al pleno del ayuntamiento que se les levante un monumento en algún lugar visible de la Villa, no sé, en una avenida fina como el paseo del Prado para que los viandantes presentes y futuros nunca olviden la gesta que tanto bien nos reportó.


Ya sé que la idea se antoja peregrina y constituye quizá una provocación al sufrir lloroso de mis paisanos que el sábado por la noche se reunieron, globito de Mahou en ristre, frente a la puerta de Alcalá. Lo lamento por ellos. Primos hasta el final, fueron hasta allí a hacer el caldo gordo a los golfantes estos que, a esa misma hora, culminaban tres años y veinticuatro horas de jolgorio y despilfarro amarrados a nuestro costillar.  

La traca final fueron los 180 de Buenos Aires encaramados en un avión trasegando gintonics a 10.000 metros sobre el Atlántico mientras brindaban por el éxito del golpe. La divina Providencia se transmutó en caterva de chupópteros del COI y nos libró de las fauces del león, de las llamas del averno botellil y el tártaro florentinesco. Insisto, nunca terminaremos de agradecérselo. De celebrarse, Madrid 2020, o, más apropiadamente, Madrid Dosmiltrinque hubiese sido un robo mayor aún que el del gallardonato y el saqueo de las cajas combinado. Decían que estaba ya todo terminado y solo era cuestión de dar los últimos retoques a la obra, arreglar las bajantes del tejado y desatascar los desagües. Si, ya, seguro. Conociendo el paño hubieran empezado de cero con todas las instalaciones arguyendo que las existentes estaban desfasadas y eran indignas para semejante ocasión.

A veces se nos olvida lo que esta chusma ladrona, esta turbamulta de faltriquera sin fondo ha hecho con nuestra ciudad en los últimos diez años. Es fácil hacer memoria. Cuando pase por la Cibeles deténgase delante del Palacio que el hoy ministro de Justicia se hizo remodelar a mayor gloria de su par de cejas, su guateque y su salpicón de complejos. Sufra luego los socavones en el asfalto, casi tan ubicuos como las farolas que de noche no se encienden. Cuando llegue a casa saque del cajón el recibo del IBI, el del basurazo y la última media docena de multas. Eso es lo que vemos. Lo que se nos oculta es una deuda municipal tan gigantesca que muchos Estados no la alcanzan. ¿Entiende ahora todo lo que hemos ganado perdiendo? Todo lo demás, todo lo bueno, nosotros mismos, nuestra ciudad sigue ahí. No necesitamos mostrarnos al mundo más de lo que ya lo hacemos, que es mucho. Madrid no quiere unas Olimpiadas, Madrid quiere fuero propio, impuestos simbólicos, dos millones más de habitantes y muchos menos políticos. Eso sí que sería un proyecto ilusionante. A ese sí que me apunto.