martes, 17 de septiembre de 2013

Langostino y convenio

Nunca he llegado a entender la pasión ciega de los sindicalistas por el marisco. Tal vez se deba a un hambre cerval, primitivo, arraigado en la más profunda entraña del obreraje que dicen representar. Siempre hemos sabido que les pirraban los restoranes caros y las comilonas. No había más que pasarse un viernes por cualquier asador de polígono y ver allí a los comités de las empresas circundantes celebrando la firma del convenio, la negociación del convenio, el previo a la negociación del convenio o, simplemente, la el pistoletazo de salida para la negociación del convenio. El convenio forma parte ya de nuestra tradición culinaria. Los restauradores listos podrían ir innovando en las cartas para congraciarse con algunos de sus mejores clientes que, aunque con dinero ajeno, siempre pagan al contado y sin rechistar.

Propongo algunas ideas que regalo de mil amores. Parrillada de marisco al convenio, convenio y cabrito al horno con pimientos de Padrón, cochinillo de convenio segoviano, merluza conveniada a la vasca, convenio y chuletón de Ávila acompañado de patatas panaderas rematado por sorbete de champaña y orujo del sindicato. Con delicias así en los menús de todos los restaurantes de España los sindicalistas no sólo verían reconocido su aporte al PIB hostelero, sino que todos los españoles tendríamos la oportunidad de sentirnos por unas horas como Cándido Méndez (sólo por unas horas, no se me entusiasme). Las especialidades sindicales llevarían un pequeño recargo, algo simbólico pero perfectamente justificado por la significación política y cultural del plato.

No habría razón entonces para el escándalo si unos de la Ugeté pasan la factura a la Junta de Andalucía o al ayuntamiento de Marinaleda. ¿Qué son dos mil euros de nada si de lo que se trata es de promover lo más granado de nuestra cultura culinaria?, ¿o acaso al cine no se le da más dinero todos los años y luego esas películas, amén de malísimas, no las ve nadie? El banquetazo de esos sindicalistas andaluces con cargo a los siempre próvidos contribuyentes madrileños y catalanes, no debería enfadar a nadie. Todo lo contrario. En aquellas treinta raciones de langostinos, en aquellos seis pargos al horno servidos tras un timbal de cilindros de foie grandes como soles, vive el alma de un tiempo y de un país que, vale, correcto, nos ha dejado en los huesos, pero que forma parte ya de la gran historia de la cultura española.

Más que pedir a estas almas generosas que restituyesen lo ingerido, yo optaría por incorporar el menú a los salones de banquetes donde se celebran bodas, bautizos y comuniones. Sería, claro está, un menú premium. Y no tanto por el langostino como por el bebercio, que, ya se sabe, siempre encarece la factura. Estos pioneros, estos héroes del proletariado andalusí se metieron entre pecho y espalda media bodega de Marqués de Riscal –reserva, naturalmente– que es un Rioja extraordinario, amigo de grandes ocasiones como la que motivó el banquete de marras. Lo hicieron, adivínelo, para difundir el convenio. ¿Estamos o no estamos en lo que hay que estar?