viernes, 26 de agosto de 2011

La fiebre del oro


Hace sólo diez años se pagaba por la onza de oro unos 270 dólares. Hoy por esa misma cantidad se pagan 1.750 o, lo que es lo mismo, casi unas siete veces más. Quien hubiese comprado oro unos días antes del fatídico 11-S y pensase mañana liquidar la inversión poniéndolo a la venta en el mercado habría hecho un negocio inmejorable. Algo parecido puede decirse de todos los metales preciosos; de la plata, que ha pasado de los 4 dólares la onza a los 44, del platino, que se ha ido de los 450 la onza a los 1.900, e incluso del paladio que “sólo” ha doblado su precio en este periodo: en 2001 se pagaba por una onza de este metal unos 400 dólares y hoy se pagan 800.


Los metales preciosos, con el oro a la cabeza, han sido, junto con el petróleo y otras materias primas, la gran inversión de la década. Nadie lo hubiese dicho hace veinte años, cuando invertir en estos activos era considerado poco menos que de locos. En aquel entonces, en plena década de los noventa, su precio iba hacia abajo y todo el que los tenía en sus carteras salía en estampida. El mercado, en definitiva, ofertaba mucho más de lo que demandaba.

¿Qué ha sucedido entonces en los últimos diez años? El oro, a fin de cuentas, es un valor seguro porque todos lo deseamos y guarda el valor mejor que cualquier otro elemento de la naturaleza. Esto es así desde que el hombre es hombre. Todas las civilizaciones lo han atesorado o, directamente, lo han utilizado como dinero, como el mejor dinero posible. Sus ventajas son muchas, tantas que el uso de oro como moneda sigue hoy, cuarenta años después del cierre de la llamada ventanilla del oro por parte de Richard Nixon, siendo objeto de apasionados debates entre economistas.

Su valor, por lo tanto, no se define sólo por su escasez o las especiales cualidades que posee este metal, sino por el aprecio que los seres humanos le tenemos desde tiempo inmemorial como deposito de reserva y medio de cambio comúnmente aceptado. La relación es causal. Nos gusta guardarlo porque es especial, muy dúctil y maleable, transportable, asombrosamente escaso e imposible de falsificar. Pero, sobre todo, nos gusta porque es deseado por otros. Parece que la naturaleza lo puso ahí a propósito para guardásemos en él el fruto de nuestro trabajo, esto es, nuestra riqueza y pudiésemos al tiempo comerciar con ella.

El oro, en suma, es dinero, de ahí que cuando el dinero de curso legal –en nuestro caso el dólar y el euro– pierde valor, el oro lo gana automáticamente. Por decirlo brevemente, cuando empezamos a no fiarnos de las divisas fiduciarias, aquellas que valen lo que dice el Gobierno que valen, tendemos a refugiarnos en el oro. El valor, y esto es importante remarcarlo, no es algo que un político decida, sino una proyección individual y subjetiva, de aquí que los precios fluctúen, incluso los del oro, dependiendo de lo valioso que lo percibamos.

Buscar refugio en el oro es algo que ha sucedido siempre. La sucesión de eventos suele seguir idéntico guión: el Gobierno necesitado de fondos gasta más de lo que puede permitirse, para mantener el ritmo envilece la moneda creando nuevas unidades monetarias de la nada –antiguamente se limitaba a envilecer el metal–, los agentes económicos detectamos que la moneda oficial vale cada vez menos y nos refugiamos en el valor seguro del metal amarillo, a ser posible de 24 quilates, sinónimo del oro 100% puro. Eso si nos dejan, en algunos momentos y lugares los Gobiernos han prohibido la posesión de oro precisamente por eso, porque la gente lo prefería a la moneda encanallada que obligaba a utilizar el Gobierno.

Este mecanismo tan sencillo es lo que ha hecho dispararse el precio del oro en los últimos años. El activo internacional de reserva, el dólar norteamericano, vale cada vez menos. Los sucesivos Gobiernos yanquis han ido creando más y más dólares para correr con sus cuantiosos y siempre crecientes gastos. Esta inflación ha provocado, como no podía ser de otra manera, un acusado repunte en el precio de la onza. El resultado es que cada vez estamos dispuestos a entregar más dinero fiduciario a cambio de la misma cantidad de oro. No ha cambiado el segundo –de hecho es ligeramente más abundante que hace diez años–, sino el primero, que está por todos los lados gracias a las políticas irresponsablemente expansivas de los bancos centrales.

Por de pronto el oro sube y seguirá subiendo, y con él todos los metales preciosos. Los inversores lo han entendido a la primera y compran todo el que pueden, los empresarios se afanan en encontrar nuevos yacimientos. Nosotros nos limitamos a guardarlo sabiendo que mantendremos con él a buen recaudo nuestra riqueza. El Gobierno, entretanto, no hace más que alimentar esta máquina diabólica viviendo por encima de sus posibilidades gracias a la máquina de hacer dinero que usa en exclusiva y en provecho propio. Hasta que esa máquina no se pare la fiebre del oro continuará.