domingo, 24 de mayo de 2009

El abuelo

Sucede que los hombres excepcionales suelen ir por libre. Sucede también que este tipo de hombres se empeñan en ser libres todos los días de su vida. Carlos Semprún Maura pertenecía a esa raza de hombres que piensan, dicen y hacen lo que les viene en gana, y así toda la vida. Luego, si ven que se han equivocado, lo aceptan, piden perdón por los errores y se enmiendan. Escribió hasta casi el último día y lo hizo por una cuestión de principios, porque, a pesar de la vejez, tenía la necesidad de contar algo, y de contarlo a su manera. Su último tango con el periodismo, una de las pasiones de su vida, lo bailó en este diario sin sospechar siquiera que la muerte le acechaba a la vuelta del fin de semana.




El hecho es que Carlos, que ha muerto parisino, nació madrileño, madrileño de la Restauración, de aquel Madrid de Alfonso XIII y Primo de Rivera que se cortó las venas un 14 de abril y luego, sin que nadie le viese, apagó la luz para no molestar a los vecinos. Semprún no recordaba la monarquía, pero sí la República, el Madrid adoquinado y sus vacaciones en el País Vasco, donde le pilló veraneando la asonada nacional en el Protectorado. Me contaba no hace mucho que su recuerdo de la guerra civil era su padre, viudo a cargo de los niños, yendo y viniendo con una pistola en la mano por el muelle del puerto de Lequeitio. Buscaba a un marinero que le echase valor para trasladar a la familia de un republicano –y al mismo republicano– hasta la costa francesa.

Así, con sólo siete años y a bordo de una barca de pesca vizcaína, se convirtió Carlos Semprún en un exiliado. No lo dejaría de ser nunca. De Bayona viajaron hasta París, donde se estableció la familia en espera de que, de un modo u otro, la República ganase la guerra. No podía ser y no fue. La República de su padre no era la República que combatía en los campos de España. Un liberal refinado, un Semprún, no tenía ningún futuro en la España de Líster, Negrín y La Pasionaria, tripleta de ases del espanto que secuestró a la República y, de tanto retorcerla, la dejó irreconocible y derrotada.

A pesar de que había hecho su debut de exiliado recién estrenado el uso de razón, a Semprún nunca le convenció eso de ser francés y menos aún cuando los malos tratos y peores formas de su madrastra y antigua institutriz no hacían más que recordarle de dónde y por qué había tenido que salir de su país. La figura de la madrastra, la perra, tal y como el la llamaba con todo el odio del mundo, hizo tanto por recordarle quién era como Jorge, su hermano mayor.

Mientras uno se quedó en París consumiendo los últimos años de la infancia al otro le deportaron a Alemania, al campo de Buchenwald, un matadero para presos políticos que los nazis construyeron en un hayedo a las afueras de Weimar, en el mismo lugar donde Goethe cortejaba a Lotte Buff, su amor no correspondido, a la sombra de un roble. Los nazis, en lo que toca a maldad, no daban puntada sin hilo. De Buchenwald el mayor de los Semprún volvió hermoso, y no marchito de cuerpo y alma, tal y como se muestran los presos del campo en las fotografías tomadas por el Ejército norteamericano el día de la liberación.

La lozanía no impidió que Jorge desarrollase una carrera fulgurante en el París de la posguerra. Para su hermano era lo más parecido a un héroe. Si él había sobrevivido a la barbarie nazi y le quedaban fuerzas para ser comunista modélico lo suyo, lo lógico, lo esperable era seguir su estela. Y eso hizo Carlos durante una década. Ingresó en el Partido Comunista (el de España, naturalmente) y se dedicó con juvenil denuedo a derribar al franquismo.

La vida le tenía, sin embargo, una sorpresa para que se había ido preparando varios años. El comunismo no era lo que parecía y Carlos, desconfiado y librepensador por naturaleza, lo sospechaba desde sus años en la universidad. Abandonó el Partido y se puso a escribir, arte que llegó a dominar a la perfección, sobre todo en francés, su lengua adquirida, la que le acompañaba desde que, en el verano de 1936, puso su pie en el puerto de Bayona con siete años.

Esta es una faceta muy desconocida pero, al menos para él, de capital importancia, pues le dio de comer el resto de su vida. Se convirtió en un dramaturgo reconocido, un inventor de historias que hacían las delicias de los franceses, adictos por entonces a los seriales radiofónicos. De esos años de radio y comedia en el París de los años 50 y 60 guardaba Carlos sus mejores recuerdos. Sus noches eternas en el barrio latino, destino inevitable de los exiliados españoles que aspiraban a emular a Picasso.

El marxismo es una droga a la que uno se engancha a la primera pero de la que cuesta mucho quitarse. Por eso el desencanto le supuso un viaje tan largo, cuarenta años de desmontar mitos uno a uno y de mirar a la realidad tal cual es. En 1998 sacó un libro, El exilio fue una fiesta, y yo me enteré de que alguien así existía. Un liberal vividor, insobornable, parisino y con una mala leche de las que hacen afición. Lo reconozco, me fascinó a la primera, y no precisamente por su estilo literario, que era más francés que español, sino por la libertad y la falta de prejuicios con la que contaba cómo había vivido en primera persona la tragedia de una generación de exiliados, tragedia de la que su antaño adorado hermano llevaba una vida sacando buenas rentas.

La izquierda lo silenció, motivo más que sobrado para prestarle más y más atención. En Libertad Digital encontró, ya en la recta final de su vida, el hueco que todo escritor que nada a contracorriente necesita para expresar lo que piensa y lo que siente, encontró a los lectores que entendían lo que contaba y por qué lo contaba, encontró, en suma, un montón de discípulos-nietos que se pirraban con sus bravatas libertarias. Aquí era el abuelo, el abuelo anarquista, fumador y bebedor, parlanchín y palabrotero que todos siempre quisimos tener. La última vez que nos vimos le pregunté por qué, a pesar de llevar más de setenta años en Francia, nunca había pedido la nacionalidad francesa. Me miró desafiante con un cigarrillo en la boca y me dijo ligeramente indignado:

– Fernando, ¡qué cosas tienes! Habiendo tenido la suerte de nacer español... ¿cómo me voy a hacer francés? ¡Vamos, hombre!