martes, 29 de mayo de 2007

No nos engañemos, hay ZP para rato

El PP no ha ganado las elecciones. Ha sacado, efectivamente, 155.000 votos más que el PSOE, pero en términos de poder contante y sonante, del poder que importa, el de las alcaldías y las presidencias de comunidades autónomas, con su presupuesto, sus consejerías, concejalatos, sinecuras y coches oficiales, los que se han llevado el gordo han sido los socialistas. Es cierto que, como mi admirado Humberto Vadillo afirma, en tres años no ha conseguido Zapatero levantar el vuelo dilapidando la ventaja que traía del 14-M. Pero no lo es menos que, a pesar de lo que ha caído en todo este tiempo, los socialistas mantienen posiciones y ganan plazas nuevas, algunas de gran importancia como Baleares o Navarra.


Poco importa que para gobernar vayan a pactar con el mismo diablo, a fin de cuentas ya lo han hecho en Cataluña y Galicia y, según parece, no sólo les va bien sino que, allá donde ensayan la fórmula, les funciona a las mil maravillas en las urnas. Cataluña, sin ir más lejos, es un laboratorio donde el modelo tripartito o "Todos contra el PP" ha echado raíces tan sólidas que dudo muy mucho que alguien amenace la hegemonía socialista en Cataluña en las próximas dos o tres legislaturas. Las cuatro capitales de provincia son socialistas y el cinturón de Barcelona también. En el País Vasco se han afianzado de tal manera que han birlado Guipúzcoa al PNV y Álava al PP. Canarias se ha entregado al hermano del caricaturista (o era al revés) En Asturias siguen ganando, al igual que en Aragón, Castilla-La Mancha y, naturalmente, Extremadura.

Por si el botín fuera escaso se van a hacer vía pactos o vía lo que usted quiera con dos más, y nada desdeñables. Una bien rica como Baleares desde la que podrán complacer los delirios catalanistas de sus socios butifarreros. Otra bien delicada como Navarra desde la que harán lo propio con los de la chapela. Así está el patio o, mejor dicho, así se ha quedado el patio después de los fastos en Génova del pasado domingo por la noche.

Valencia, Murcia y Madrid, florones que exhiben los populares como trofeos de guerra, no son la excepción son la norma. Lo raro (y lo catastrófico) hubiese sido que en alguna de estas comunidades ganase el PSOE. No nos hagamos los sorprendidos, si algo teníamos claro durante la campaña es que Aguirre, Camps y Valcárcel iban a renovar. Quizá no de un modo tan atronador pero lo de Madrid, Valencia y Murcia estaba tan cantado como lo de Castilla-La Mancha y Extremadura, ¿o no?

El triunfalismo del PP y de sus simpatizantes viene sin duda de lo ocurrido en Madrid. Esperanza Aguirre y Gallardón han arrasado pero, parémonos un momento: ¿a quién coño tenían enfrente? El guantazo de Sebastián lo anticipaba hasta el mote (¿o no nos acordamos de lo de Sevaostiar?) y en cuanto a Simancas pues, que queréis que os diga, es un perdedor nato. De tres elecciones que se ha presentado ha palmado las tres. En mayo de 2003 perdió. Por más que sus acólitos insistan que ganó las elecciones no hizo tal cosa, se quedó a 8 escaños de Aguirre y eso no es ganar, es perder aunque para la retorcida lógica de algunos PSOE e IU son el mismo partido con dos listas, que de ello algo hay, pero en las urnas siguen siendo partidos diferentes.

Que el PP gane terreno en Madrid sólo viene a confirmar que esta es una comunidad próspera donde se valora la gestión y no nos hemos contagiado de la peste identitaria y borreguil que atenaza a otras partes de España. De hecho, como madrileño, mi propio país, cuya cabeza es la ciudad donde nací, se me hace cada vez más extraño. Es cruzar la línea que nos separa de las comunidades adyacentes y, según me alejo de la civilización entendida al madrileño modo, más me soprende la espiral de aldeanismo, tontería y localismo que se ha apoderado de casi todo lo que dista más de 200 kilómetros de la Puerta del Sol. La última esperiencia la tuve en Asturias durante la Semana Santa, donde me enteré que Ribadesella, puerto centenario, ha empezado a llamarse Ribesella (sic) por no se sabe bien que capricho de los apóstoles de la neolengua astur. Pero eso es otro tema que ya trataré en otra anotación.

El hecho, a mi juicio irrefutable e irreparable por mucho tiempo, es que el pasado día 27 Zapatero se consagró definitivamente. No será una reedición del felipismo como muchos se temían. Será, probablemente, algo peor y más disolvente. El año próximo Zapatero volverá a ganar las generales. Lo hará por poco y reeditará los pactos que le han permitido disfrutar de la poltrona todos estos años. O peor aun, perderá por poco y pactará con quien haga falta para seguir durmiendo en la Moncloa. No volverán a darse mayorías búlgaras como aquellas que cosechaban Felipe y los suyos cuando yo era niño. El aplauso de los medios que, como bien dice Humberto, toca lo chavista, hará el resto. El centro y la derecha se irán, poco a poco, desmovilizando y los que hoy se sienten ganadores se dedicarán a lo suyo y aceptarán de mejor o peor grado lo que venga. En dos legislaturas no sé como estará España, lo que sí sé es como no estará. Politicamente no se parecerá en nada a lo que tenemos hoy en día y para entonces Madrid, nuestro refugio, ya habrá caído.