jueves, 9 de abril de 2015

Casa Popenoe, el secreto mejor guardado de Antigua

La Antigua Guatemala es quizá la ciudad colonial más conocida de Centroamérica, la mejor estudiada y la más admirada por visitantes de todas las latitudes. A pesar de ello esta pequeña joya incrustada en el corazón de Guatemala sigue teniendo secretos que solo conocen los habituales del lugar. Es el caso de la Casa Popenoe, una antigua residencia levantada en el siglo XVII y que hoy puede presumir de ser la casa colonial española mejor conservada de la Antigua. Sus peculiaridades, que son muchas, comienzan con su nombre. No se lo debe a los colonos españoles que la construyeron, sino a un ciudadano norteamericano, Wilson Popenoe, que la adquirió a principios de los años 30 y la convirtió en su hogar y en el de su familia.

sábado, 4 de abril de 2015

Competitividad global hispana

Los hispanos nos somos especialmente competitivos con respecto a los anglos, pero de ahí a decir que todo aquel lugar donde se hable español es un desastre sin paliativos, pues mira, no. La cosa va por barrios... o por países... o, mejor dicho, por sistemas. El bolivariano es el que compite peor de todos. Si lo que se midiese es la habilidad para la propaganda sería otra cosa, pero no, esto mide la competitividad de la economía en sí. Dentro gráfica.

lunes, 16 de marzo de 2015

Asalto a su conciencia

Dicen que el periodismo español está en crisis. No lo creo. Tal vez lo único que esté en crisis sean ciertas empresas periodísticas, que no han sabido ponerse al día y pretenden vivir como vivían antes, es decir, divinamente a costa de dar poco a cambio de mucho sirviendo puntualmente a su amo, que nunca fue ni el lector, ni el oyente, ni el telespectador. El cabreo y frustración de los mandamases de la cosa nos ha hecho creer a todos que nos encontramos de cara al final de los tiempos. En parte es cierto, estamos ante el final de sus tiempos. El periodismo, por lo demás, está mejor que nunca. La modernidad le ha sentado muy bien. Nunca antes habíamos disfrutado de tantos medios peleándose por atraer nuestra atención, de tantos libros nuevos batallando por entrar en nuestro Kindle o de tantas producciones audiovisuales esperando pacientemente en YouTube a que el dueño del cotarro –usted– encuentre un momento y les dedique unos minutos de su preciadísimo tiempo. Algunos periodistas, la mayoría, lo han entendido y le sacan jugo a esta exprimidora infinita. Otros se lamentan con amargura porfiando maldades en lo que queda de sus columnas, ya con olor a naftalina y menos lectores que oyentes tienen los discos de gramola.

viernes, 6 de febrero de 2015

La política es la enfermedad

Con la última encuesta del CIS en la mano los resultados de unas elecciones que se celebrasen mañana serían para echarse a temblar primero, para correr después a la frontera más próxima, salir del país con lo puesto y, una vez a salvo al otro lado de la raya, clamar al cielo como uno de esos curas berlanguianos: “¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!”. Eso es exactamente lo que hizo Estanislao Figueras en 1873. Acto seguido, el efímero presidente de la fugacísima Primera República agarró un tren y se fue a Francia. Una vez allí dejó su hartazgo por escrito. El prócer se lamentaba por un país que estaba hecho un cromo, en el que los ánimos andaban “agitados, las pasiones exaltadas, los partidos disueltos, la Administración desordenada, el Ejército perturbado, la guerra civil en gran pujanza y el crédito en gran mengua”. Un lugar no muy distinto a la América ingobernable y presa de la confusión, la ruina y los mil odios intestinos de la que se quejaba amargamente un derrotado Bolívar unas décadas antes.

viernes, 23 de enero de 2015

Insulto, bendito insulto

La libertad de expresión incluye la libertad de ofensa. Ofenderse es algo muy subjetivo. El emperador Calígula, por ejemplo, estaba tan azorado con su prematura alopecia que dictaminó que todo aquel que se atreviese a mirar su pelada coronilla fuese condenado a muerte. A Julio César, en cambio, que le mentasen la calvicie no le molestaba en absoluto. A la vuelta de las Galias sus legionarios cantaban desfilando por Roma una coplilla que decía algo así como "¡romanos, alejad a vuestras mujeres que ha llegado el adúltero calvo!". César disfrutaba con las apelaciones continuas a su varonil calva. Casi cualquier insulto que sus detractores le dirigían iba seguido de calvo. Los antiguos romanos eran grandes insultadores, su inagotable repertorio de palabrotas así lo atestigua. Eso es símbolo de civilización. Los pueblos civilizados se insultan, se ofenden, se cabrean, se vuelven a insultar, se mentan a la madre y se devanan los sesos para encontrar la palabra con la que herir al otro. Insultarse, de hecho, es sinónimo de inteligencia. Los faltones suelen ser individuos listos, los que no saben insultar son por lo general memos dados al lloriqueo. Los pueblos bárbaros se matan, generalmente sin mediar palabra. Si me dan a elegir siempre me quedaré con una sociedad en la que se insulte a calzón quitado.

viernes, 2 de enero de 2015

El futuro era exactamente esto

Hace casi quince años la dirección de la Inteligencia Central de Estados Unidos, dependiente de la Casa Blanca, publicó un informe sobre tendencias globales para el entonces lejano año 2015 (el informe puede leerse aquí). Los expertos estuvieron muy acertados en las predicciones. Preveían, por ejemplo, tensiones migratorias crecientes en la frontera con México, problemas demográficos en Oriente Medio que devendrían en descontento social y extremismo religioso, el surgimiento de China como gigante económico o continuos ciberataques que podrían al mundo entero en jaque. Para otras cosas no atinaron, pero, claro, ¿quién iba a imaginar algo tan inimaginable como el 11-S  tan solo un día antes?